Simpatía por King Kong

SimpatiaporkingkongTerminé hace poco el más reciente título de L’Enfant terrible de la comunicación venezolana de los últimos tiempos, Ibsen Martínez. Simpatía por King Kong es una historia contada en tres tiempos, una sinfonía para bongó, letra y orquesta.

Las aventuras de Kiko Mendive, el recordado actor cómico de Radio Rochela, están presentadas en las líneas de Simpatía… que nacen con la proyección de King Kong, muda, en la que un grupo de cubanitos improvisan un guaguancó, más bien un mambo, apoyando al gorila encaramado en un rascacielos y evadiendo los ataques de los aeroplanos. Esa pieza musical, titulada igual que el libro, es el centro de la historia que rodea a una pregunta. ¿Por qué Kiko Mendive abandona México y se encuentra en Caracas, deprimido económicamente, malquerido, triste y olvidado cuando disfrutó de la pátina de la fortuna?

Una diatriba sentimental con Dámaso Pérez Prado, la digitalización de la partitura original, una explosión social, un romance cuadrilatero entre una periodista, Raúl (un protagonista que narra en primera persona) y el Number One (el presidente Carlos Andrés Pérez) y un Iesa Boy, el análisis permanente en el lenguaje ibsenmartiniano del Caracazo, el exilio y el volver a empezar, son los principales componentes que giran en torno a la que podría yo llamar, la traición de Perez Prado.

Simpatía por King Kong es absolutamente caribeño, duro, salitroso, huele a ron, a gasolina barata, suena a trompetas, se cuela algún bolero de Felipe Pirela, se estrella el lector en algún momento con una flauta de la Orquesta Broadway. Caracas está explayada en el: se abre el libro en una página cualquiera y aparece la ciudad completa, de Catia a Terrazas del Ávila, o un zoom de Quinta Crespo. Es una película escrita que habla sobre películas, cine, música y da referencia a un libro. Comenta el exilio como la más frecuente muestra de nuestra cotidianidad cercana, porque parece no haber familia con al menos, un desterrado voluntario.

Martínez (Caracas, 1951) es un escritor rudo, crudo, marmóreo. No juega carritos, no anda con rodeos. Asume como propias las tragedias de una capital que perdió la capacidad de asombro pero que la recupera inmediatamente, al día siguiente, en medio de un círculo vicioso tan exasperante como el de los pescaditos de oro, desechos y vueltos a hacer, del coronel Aureliano Buendía de García Márquez. Tragedias como ver a su propia gente saqueando, por irónicas necesidad y hambre, una venta de artefactos electrónicos de última tecnología; como los muertos ametrallados sobre los cuales pasaban los saqueadores cargando reses abiertas en canal. Y, no menos importante, un rostro, cuya fama fue traspasándose de generación en generación, que es sorprendido hurtando un vibráfono en medio del estropicio del silencio de un toque de queda.

De Kiko Mendive sé que nació en Cuba, que trabajó en México en cine y en espectáculos con orquesta, que llegó a Venezuela y se estableció como cantante (con la orquesta de Chucho Sanoja grabó, entre otros, el tema “Los Monos” http://www.youtube.com/watch?v=x_sw0NdV_2M) y es recordado por las generaciones más recientes por su participación en Radio Rochela.

Kiko murió, quizá como describe el libro, quizá en otros acontecimientos. Lo cierto es que en Venezuela vio el declinar perezoso de una carrera negada a desaparecer por una constancia impulsada por la necesidad de subsistir. Íbsen lo rescata del olvido colectivo del que padecemos todos y hace una tarea insustituible, necesaria, practica y poco común: lo saca del desván y lo expone como el bloque de hielo que conocieron los Buendía en los primeros tiempos de Macondo. Nos golpea con el libro en la cara, nos abofetea diciendo: ese, aquel negrito que gritaba “Aguuuua” en el show cómico de los lunes, forma parte de esa herencia que nos negamos a recibir y que pretendemos lanzar a los vagones en movimiento del Metro de Caracas.

¿Cómo sería este país en los 50 que Kiko, una estrella en México, por las razones que sean, decidió echar raíces en la que Martínez denomina la “aldea petrolera” que era Caracas?

Una pregunta flota en el aire, impertinente. ¿Fueron aquellos tiempos, de dancings y de democracias novedosas, mejores que los de ahora?  ¿Dónde lleva ese contraste?

 Angel Mendoza Z. /CNP: 19.492

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Catalina de Miranda

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Foto: Billy Castro, cortesía El Impulso.

Conocí a Catalina en Caracas, de la mano de una amiga recientemente conocida. De entrada me llamó la atención su mirada, su gesto de niña buena. La invité a Maracaibo y me aceptó venirse. Nació en Sevilla con un espíritu aventurero tremendísimo, vivió en el villorrio que fue en sus comienzos mi actual metrópoli, y se anduvo medio país mucho antes de que el general Gómez mejorara las comunicaciones con su epidemia de macadam.

Su mentora en tierras criollas, Xiomary Urbáez, parece tener mucho del espíritu de la misma niña que describe en su excelente libro, Catalina de Miranda. La novela presenta la historia de una jovencita que tiene, entre ceja y ceja, venirse a América, al Nuevo Mundo, para probar fortuna y mejorar la suerte pobre de su destino de sevillana. Ese es el primer quiebre estupendo, espléndido. Pareciese fantástico salvo porque tiene un componente real supuesto. ¿Por qué no pudo intentar una mujer, casi niña, salvar el Atlántico y comenzar de nuevo?

La travesía a la América la enamora de un corsario, sí un pirata, y no quiero adelantarme ni revelar demasiado sobre el libro. En Venezuela, pisando Maracaibo, se vincula a un conquistador lo que, psicológicamente hablando, podría denotar una increíble ansia de protección, obvia en una niña que había vivido en lo más abyecto de la Sevilla del siglo XVI, quizá en algún tugurio a orillas del agua turbia  del Guadalquivir. Catalina se entrega a Venezuela en un amor tan completo, que sustituye un conquistador por otro, vive un impensable -por la época- triángulo amoroso y sobrepasa las fronteras del asco de raza en una escena memorable.

Urbáez condensa un irremediable amor por el estado Lara en la novela. Las fundaciones de Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción de El Tocuyo y de Nueva Segovia de Barquisimeto preceden a la de Santiago de León de Caracas en lo que se advierte como un precioso y virtuosísimo manejo de eventos históricos y reales con la cotidianidad de una anónima mujer que influyó paciente y objetivamente en la conquista y poblamiento del territorio nacional.

Catalina era muy valiente, tanto como Urbáez, a quien considero la más brillante pluma reciente de la poca explorada novela histórica nacional. Como lo logré con Loca de Amor de Catherine Hermairy-Vieille (Martínez Roca, Madrid, 2000), con Catalina de Miranda comprendí la vastedad de posibilidades de sucesos cotidianos ocurridos en la época colonial. ¿Una española amiga de una caquetía al punto de las confidencias? ¿Un grupo de conquistadores decididos a respetar la vida, integridad y dignidad del pueblo aborigen originario por encima incluso de la decisión de la Corona de exterminarlos?

Esa visión novedosa, franca y absolutamente posible de un intento de colonización conciliadora, de unos Cuicas guerreros que quieren expulsar a sangre y fuego a los intrusos -alejándolos de la tradicional imagen de pobres criaturas indefensas-, de trotamundos en la primera Venezuela, convierte a Catalina de Miranda en un nuevo clásico, analizado ya en las aulas de las escuelas de Letras, y secundado por su merecido galardón de Finalista del Premio Planeta Casamérica 2012.

Editado por Planeta Venezolana, arroja una interesante conclusión. Las mujeres venezolanas, y Catalina por asociación (se convierte en criolla en su afán de colaborar en la cimentación del país naciente), son activas, emprendedoras, y capaces -sobre todas las cosas- de orientar el desarrollo de los acontecimientos con sus recursos: un abanicar de pestañas de Catalina hacía pensar a Juan de Carvajal (muerto en El Tocuyo por traición) sobre sus decisiones más profundas y supuso a un indio superar el odio visceral inicial, traspasando la frontera de los cuerpos.

Un excelente libro de los que contribuye a la causa de las Bellas Letras venezolanas.

Angel Mendoza Z. / CNP: 19.492

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Macarapana

IMG00272Retreta en honor a la Santísima Trinidad, Plaza Bolívar, Macarapana, junio 2012 (Foto: Angel Mendoza Z.)

Macarapana tiene mucha valía.| Macarapana sueña de noche y día.| Y entre paisajes juegan sus resplandores,| el rumor de sus calles y sus amores.

Manuel Higuerey Rivera, Macarapana. La Mata Grande, Caracas, 1986. Edición particular.

Macarapana es un pueblo del oriente venezolano, anexado a Carúpano por esas cosas de la modernidad urbana y el crecimiento poblacional. Sigue, no obstante, siendo independiente, con vocación soberbia y presencia jactanciosa. Me ha servido de asiento muchas veces, es el pueblo donde habitan mis padres, donde tengo ancestros, donde está mi casa. Decía el patriarca José Arcadio Buendía que uno no es de ninguna parte hasta que no tenga un muerto bajo la tierra, y supongo que si mi primer difunto cronológico importante fue mi abuelo materno, pues soy un poquito de acá. Macarapana es engreída: su patrón no es un santo sino mucho más: las Tres Divinas Personas en una.

Colina, el cantante coriano que cantaba Quiero vivir contigo, toda la vida, le grabó un tema a Macarapana en su primera producción musical Amanecer (Sonográfica, 1982). Ese tema es quizá la mención más popular del pueblo En Macarapana, el canto llegó, todas las mañanas que yo viví allá. Algunos que viven fuera lo usan como repique de celular. Es una descripción muy cercana del caracter de ese rincón, bucólico en ocasiones, donde los pájaros bajan a comer en los alféizares sin temor alguno. Donde el vecino sigue buscando la verdura de la sopa en la bodega de Rosendo y los niños tienen como una diversión ver el avance del río Chuare cuando crece alimentado por las lluvias.

Macarapana, claro, se ha adentrado en el tiempo. Ha perdido parte de su magia y como en una suerte de retroceso malévolo, ha perdido muchas cosas modernas de las que adolece en pleno siglo XXI: no tiene farmacia, hace años cerró el cine, murió la Psicotomimética (una popular discoteca de los 70), se acabó el legendario bar El Samán, los dulces de Leopoldo Montaño quedaron disminuidos en una exigua oferta de galletas, helados y confites de frutas de temporada. No hay roscas, ni suspiros, ni coscorrones.  La tecnología volvió seco al pueblo, árido de oferta de servicios a sus habitantes.

Mantiene sí, tradiciones que asombran a los extraños que visitan un pueblo azotado por el fenómeno migratorio de mediados del siglo XX: mucha gente se fue a la ciudad a buscar mejores perspectivas. Los que quedaron atraen a los ahora visitantes, sembradores de la estirpe macarapanera allende los límites de La Medalla de Oro (extinto bar que marcaba el inicio del camino al pueblo). En este pueblo doblan las campanas por los muertos con un horario establecido por la tradición oral: no se dobla si no hay luz de sol. El privilegio de la muerte anunciada con campanas se extiende a todo macarapanero o familiar conocido, viva o no en el pueblo. Ha habido dobles por gente que muere en Canadá.

Las campanas del pueblo (que datan de épocas inmemoriales: pertenecían al viejo templo demolido en los años de la Venezuela saudita porque se había dañado en un temblor) también tocan emergencia si pasa algo en la comunidad: un incendio, una inundación. Suenan a repique para llamar a la misa. Tocan doce veces antes de las doce de la noche del 31 de diciembre tras lo cual, repican distinto. Todo esto sin que nadie obligue a nadie: el sentido colectivo del pueblo hace que el que llegue primero al campanario y sepa hacerlo, lo haga si se requiere. Hombre o mujer, letrado o no.

Permanecen las raíces genealógicas más importantes del pueblo: Alcalá, Higuerey, Montaño, Marcano, Ferrer, Zabala, Hernández. Todas tienen su rama blanca y su rama negra, derivadas, presuntamente, de la abolición de la esclavitud y el derecho del emancipado de tomar el apellido del antiguo amo. Macarapana es, además, uno de los pocos pueblos que alumbra a sus muertos, de noche, durante el 2 de noviembre, en la demostración fehaciente de que no se le teme a la muerte o que al menos se le reta durante una noche (el auge de la delincuencia ha eclipsado esta tradición y cada vez fija su término a una hora más temprana).

Camino como ejercicio por la moderna avenida Alcides Guevara (un macarapanero ilustre), la conexión expedita del pueblo con Carúpano: una vía ancha, de cuatro canales con isla, una avenida que no se gasta mucho barrio de metrópolis. Data del gobierno de Luis Herrera Campíns y podría ser no sólo una vía de comunicación, sino un paseo verde, donde la gente haga ejercicio físico con comodidad, sin ranchos bloqueando la vista del vergel de los cerros (ayer una mujer me insultó porque me quedé lelo viendo un pájaro verde y para mi, extraño -después sabría que se trataba de un conoto- y ella sintió que estaba mirando hacia su casa), ni huecos, ni camiones mal estacionados abasteciendose de agua de los múltiples pozos que surcan la avenida. Macarapana es un pueblo de agua, el manantial de la seca Carúpano.

El pueblo vive por la voluntad ciega de sus habitantes que remozan la plaza, organizan cada cuatro años el Reencuentro de sus hijos desperdigados por el mundo y premia a los que han alcanzado una distinción universitaria, en público, exaltando la calidad de quienes se han esforzado. Pero nada más recibe. Da agua, mucha agua (su acueducto data de principios del año pasado y cada día más se hace insuficiente) y ni siquiera le desmontan las aceras de sus vías de acceso. Huele a jalea de mango, a casabe (es productora del que a mi juicio es el mejor del mundo), a las calas que cultivan en sus campos, a la lechuga que ya no baja de Quebrada de Agua. Pudiese ser un pueblito de esos en los que la gente se entrega al solaz de disfrutar de las reminiscencias de otros tiempos. Pudiese tener un museo.

Debe ser un caso extraño: de Macarapana han salido al menos, dos títulos universitarios por cada residencia: un elevado índice de universitarios pér cápita. A ellos aludo. A ellos llamo. Macarapana debe recordar la obra literaria de un narrador ingenuo de primera línea que casi nadie conoce, mi bisabuelo, Manuel Higuerey Rivera. Macarapana necesita más que ser un repique de celular. Necesita volver a ser, resurgir de esa tumba en la que la han enterrado al ser parte de Carúpano. Lo tiene todo y a la vez no tiene nada.

El extracto con el que comencé este artículo no tiene fecha escrita en el libro de donde fue tomado. Importa poco la fecha, porque resume el sentimiento de su autor por su pueblo natal: nació aquí, creció aquí, educó aquí, murió aquí y aquí yace. “Cultivo una rosa blanca en junio como enero para el amigo sincero que me da su mano franca” recitaba el maestro Alito versos de Martí a sus vecinos al pasar por las calles: a visitar a sus hijas, Enma y Mercedes (mi abuela), a cortarse el cabello en la barbería del también finado Modesto Morao. Manuel Higuerey Rivera culmina ese micropoema (así lo clasificó), con una invitación perentoria al pueblo:

Sigue soñando Macarapana| que casi siempre los sueños son:|la voz del alma repercutida,|los sentimientos del corazón|la luz radiante de la alborada|los anaqueles de la razón (Ob. Cit).

Que Macarapana sueñe con un mañana mejor solo depende de los macarapaneros. De nadie más.

Angel Mendoza Zabala / CNP: 19.492

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Liubliana

SMLeí Liubliana, de Eduardo Sánchez Rugeles, por una sugerencia de una amiga. Me encontré con una montaña rusa que discurre por un laberinto sabroso: las paredes están hechas alternativamente de salchichón, algodón de azúcar, vino tinto, café, caramelos kraft, malvaviscos, cocosete, paspalitos. El vagón se detiene amablemente a que te abastezcas. Leer Liubliana es la fantasía de la infancia de muchos: quedarse encerrados en un supermercado.

Caracas apareció explayada en cada vuelta de riel. Y no porque el parque esté ubicado cerca de La Bandera o en el Jardín Botánico, sino porque Liubliana es Caracas. Encierra sus males y sus bondades. En la narración, la capital venezolana pierde su limitación geográfica y se extiende a Madrid, en forma de colonia emigrante; a Bruselas, en forma de sueño de estabilidad, de persecución de estatus; a Liubliana, como la materialización de lo divino y lo profano en un sólo momento; a Barcelona, como lo sórdido entre Santa Mónica y Los Chaguaramos que se vuelve bello frente al Mediterráneo, así mismo como una torta milhojas de la Crea.

Liubliana trae un soundtrack compuesto por Álvaro Paiva, un músico -no podía ser de otra manera- caraqueño. Pero tiene además su banda sonora interna, su música incidental particular, propia, ajena a las elucubraciones artísticas inéditas y de la mano con el que lee. La tragedia de Gabriel Guerrero se configura como una suerte de plastilina: en algún momento el lector se siente identificado (cuando no, en toda la novela), con las venturas y desventuras del protagonista. Correr con cuchillos para matar a Dios, por el nivel inferior de la avenida Libertador, es una locura que a muchos le ha pasado por la mente, y que otros -quizá muchos- han podido realizar aún en circunstancias y en lugares diferentes.

Matar a Dios. Una mamá que le impone a sus hijos: “No soy mamá, ni mami, soy la Nena”. Una serenata a media noche de un anciano a una anciana. Una cita oculta, un misterio incestuoso, un hombre que es feliz cuando es infiel, no porque le cause placer engañar a su mujer sino porque es la única ocasión (entre el exilio, el trabajo, el matrimonio fallido) en la que puede ser como en realidad es. Un hombre común.

Sánchez Rugeles se configura como un genio de la lámpara: concede deseos. Ensalza, destruye, elimina, crea, conduce, deja solo, arrastra, olvida, convence, involucra. Liubliana es el país en páginas. Es la visión de una porción del venezolano, tan consustanciada con si misma, que se extiende a la visión compartida de los que aún anhelan el país. Fedor abandonado frente a un televisor viendo el fútbol es ese venezolano que quiere que el país cambie, pero que se limita a retuitear lo que le llega al Iphone 5 mientras revisa las ofertas de Zara.

¿Por qué la capital de Eslovenia? Ni idea. Pero quedó excelente. Liubliana es un catálogo de sensaciones, un callejón donde te regalan muestras gratis, un símbolo. Liubliana es el por qué de muchas cosas. Cosas que, por cierto, solo puede saber un caraqueño. Es ficción sin extraterrestres, esa irrealidad concreta que sabes que pudo pasar. Liubliana me puso a buscar en Google Earth las calles de Santa Mónica.

Liubliana me permitió acentuar mi tesis del ciudadano estado: el 70% de los problemas del país no se solucionan porque los venezolanos no tenemos una concepción del “país somos todos”, sino de “mi país soy yo, no necesito de nadie, yo soy más vivo que los demás”. Y por eso, precisamente, es que no se logran las soluciones. Por eso, quien quiere invadir invade, quien quiere robar, lo hace. Esas concepciones grupales de nación, como la judía, la chilena o la gallega, no encajan en nuestro temperamento donde la solidaridad es más amplia que el respeto pero que no obligatoriamente lo lleva de la mano. Liubliana, con su tesis de los aviones de Aeropostal lanzando bombas de mierda sobre Buenos Aires, configura ese elemento sórdido que la convierte en el más fiel y reciente documento literario de nuestra realidad nacional.

Angel Mendoza Zabala. / CNP: 19.492

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Creatividad perdida (Vueltas de un provinciano por Caracas y II)

CCS gggNo me cansaré de repetirlo. En Caracas se acabó la creatividad. La misma que tuvo que tener Diego de Losada para atravesar ese valle al que llamó de La Pascua (porque llegó a el un jueves santo) luchar con las tribus caribes que vivían en aquel vergel que debió ser antes de 1567 (y en épocas posteriores) y la que tuvieron aquellos que colonizaron Caracas con los años sucesivos. Porque para mi, la capital de mi país es una mujer poco dócil, una de esas hembras difíciles que se la pasan alborotando los retos que surgen de las hormonas más íntimas del hombre tropical caribeño.

El centro histórico de Caracas, alrededor de la Plaza Bolívar (el sitio donde Losada fundó la ciudad de Santiago de León) ha sido restaurado en medida progresiva y de forma muy interesante. Los adoquines parecen pulidos a mano. Devolvieron el busto de Billo Frómeta a la esquina de Padre Sierra, restauraron un muy hermoso Teatro Principal y la Casa Amarilla brilla de frescura. La llamada Casa del Vínculo, la primera residencia marital del General Bolívar, fue restaurada y presenta algunos símbolos importantes como frisos originales. Está bien iluminada y custodiada. Un estudio de televisión en la esquina de las Gradillas, donde quedaba la zapatería Emily Rodin, intenta imitar el conocidísimo de Times Square. Hasta ahí el asunto va perfecto.

Lo que no puedo terminar de entender de esta restauración de Caracas es la impertinente presencia de símbolos de gestión de gobierno. Si se tratase de un remozamiento serio, se abstuvieran de incluir estos elementos porque la gente no es tonta: el caraqueño sabe y conoce quien ha hecho cada cosa, así que arquitectónicamente es innecesario. El conjunto, decorado y pintado, bello, armónico, tiene que incluir necesariamente la puesta en funcionamiento de las fuentes de la Plaza Bolívar -todas, en óptimas condiciones- de la misma manera que devolvieron el agua a la cascada de la Plaza Andrés Eloy Blanco, ícono de esa cultura urbana -de patineteros y hippies contemporáneos- que no termino de entender.

El edificio de correos de Carmelitas está hermoso, pulcro. También la avenida Urdaneta, asfaltada, señalizada, con aceras completas y brocales amarillos y rojos con indicaciones de estacionamiento prohibido y paradas de autobús. Supongo -espero no equivocarme- que esa cara de la avenida responde a esa mala costumbre patria de tener bien bonitas las calles por donde pasa el presidente de la república. Y esa pasa justamente frente a un Miraflores que, a pesar de el gentío que se agolpa en sus alrededores, luce también hermoso, sobrio y solemne, el más importante símbolo de nuestra democracia.

Lo que si no tiene mantenimiento son las iglesias. Ni la catedral de Caracas, de blanco desconchado y en uno de cuyos resquicios descargan aguas los indigentes, ni Santa Capilla (reducida a la nave central, sucia, increiblemente abandonada a pesar de su nivel arquitectónico), ni la del Corazón de Jesús en La Hoyada. Parece que fuera a propósito la medida. Si la alcaldía de Caracas devolvió el rosado y blanco a Santa Capilla lo hizo mal porque pintó el cascarón mientras adentro se cae a pedazos y el Santísimo Sacramento del Altar está rodeado de andamios (la vocación de está basílica menor es de adoración a la Hostia consagrada, no administra sacramentos). Pecan, como dice el mismo evangelio, de limpiar la copa en el exterior sin mirar el interior agusanado.

El café y la chocolatería Venezuela, ambas en las Gradillas, ofrecen excelentes productos pero no tienen calidad de servicio: están tan abarrotadas de gente que el cajero te apura a hacer el pedido, la señora de las tortas se confunde y te sirve de zanahoria cuando has pedido de arequipe y el preparador del café está tan afanado que te entrega el vaso casi a los golpes. Ahí fue donde me percaté con estupor que la línea de helados de Lácteos Los Andes lleva el nombre de Coppelia, la mítica heladería de 23 y L en el Vedado de La Habana. Su fábrica fue criticada por el presidente de la república por su mal funcionamiento y fue reinaugurada en el estado Falcón.

Fui a Caricuao, zona que no conocía y que es una ciudad dentro de la ciudad. ¡Que diseño! Se trata de apartamentos de clase popular (nada de lujos,  son edificios prefabricados) ubicados en terrazas que se cortaron en los cerros del sur de Caracas, esos que se llenan de neblina en estos días de pacheco. Me tocó caminar bajo la autopista Prados del Este, usar el Metrobús, apiñarme en el metro al estilo de las sardinas en aceite vegetal, ir de La Hoyada a la esquina de Cruz Verde atravesando la plaza del Palacio de Justicia, mirar las reparaciones del Centro Simón Bolívar (está quedando espléndido), pero no encontré nada impactante construido recientemente, ni adaptado a esos viejos edificios. Sería bueno ver, por ejemplo, la mudanza a la Torre de David (la antigua Confinanzas) de varios ministerios y un restaurante en el último piso con vistas a San Bernardino; un café -al estilo del que está en la esquina Principal- en otras esquinas, ir abriendo espacios para el esparcimiento nocturno, iluminado y vigilado que aleje definitivamente al hampa del centro de la ciudad. Que no hubiesen puesto  afiches politiqueros en los bellos faroles verdes de Gradillas a San Jacinto, de Padre Sierra a Las Monjas y alrededor de toda la plaza Bolívar, que se prohiba por decreto la presencia de buhoneros, que se respete el ámbito histórico de una ciudad que encierra tanta historia en menos de dos kilómetros cuadrados que no se aguanta respirar tanto aire antiguo.

Subí al Panteón Nacional por puro gusto: Caracas sin Biblioteca Nacional es para mi como París sin Torre Eiffel. Vi de lejos el adefesio que le construyeron detrás a la ermita de la Santísima Trinidad como mausoleo del Libertador. No sólo no me gusta, sino que me parece ofensivo a la dignidad del Padre de la Patria, sacarlo de su última morada, esa la construida por el esfuerzo de Juan Domingo del Sacramento Infante.  Imagino que en los planes del ministro plenipotenciario para el poder popular supremo y absoluto para la recuperación de Caracas, Francisco Sesto, no está despojar al sarcófago del monumento funerario diseñado por Pietro Tenerani, porque su significación y su belleza no lograrán ser ni remotamente igualados, por ninguno contemporáneo con el que pretendan sustituirlo. Pero conocidas las dimensiones del anexo palacete, lamentablemente creo que quedará péqueño. La obra nueva parece el lejano cónsul de la arquitectura comunista de Bucarest, Moscú o Pyongyang.

Faltan voluntades, perdemos mucho tiempo valioso en persecuciones partidistas que acaban por unas horas tras los resultados electorales y se reinician inmediatamente pensando en la próxima oportunidad de salir de tal o cual gobierno. Y mientras, las ciudades, los pueblos, las carreteras, las autopistas, se caen a pedazos en una sucesión interminable de eventos desafortunados.

A Caracas, -tanto como a Valencia, a Maracaibo, a Mérida, a Barquisimeto, a Maracay- le hace falta una mano novedosa, una mente artística que permita redimensionar los tiempos y adaptar la ciudad a ellos sin olvidar lo que somos. No es necesario demoler la Catedral de Caracas y sustituirla por una obra de un discípulo de Niemeyer, pero sí es absolutamente imperioso que todos los estudiantes de primaria del país sepan que allí reposa un cuadro de Arturo Michelena, La última cena, que quedó inconcluso por la muerte del autor. Sería excelente que sobre el edificio La Torre, en la esquina del mismo nombre, se instale una tasca restaurante como el Roof Garden. Que demos paso a una ciudad capital (y a todas las capitales nacionales) más amable para quienes la habitan y la visitan. Eso genera empleo y éste acaba con la pobreza. Si eso se entiende, estaremos allanando un camino más creativo y productivo que el de abarrotar las nóminas del Estado con empleados, obreros y funcionarios que hacen muy poco, y de paso, lo hacen mal.

Angel Mendoza Zabala / CNP: 19.492

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Creatividad perdida (Vueltas de un provinciano por Caracas I)

IMG00656¿A dónde se fue la creatividad del venezolano? ¿En qué maleta perdimos nuestra inventiva, la capacidad de construir superlativos, de diseñar récords y lograr que el mundo se fijara en nosotros por elementos positivos?

Estuve en Caracas y no pude dejar de hacer comparaciones. No es que nos volvimos más prácticos, sino que con más dinero somos como los árabes aburridos de los países más recalcitrantes -nada que ver con los Emiratos Árabes Unidos o Bahrein-, sino con el Yemen, Omán, Marruecos o la Libia de Gadafi. Mujeres envueltas en envoplast opaco, casas chatas, olores a camellos.

Caminé del Alba Caracas (que para mi sigue siendo el Hilton) al Teresa Carreño, atravesando una pasarela que es además un vergel. Allí, maravillado por Harry Abend, miré al Oeste y me encontré con las colmenas contemporáneas de Parque Central. La Librería del Sur -de dos plantas, abarrotada de libros, abre inconvenientemente a las 10 de la mañana-. El edificio de la Universidad de las Artes sigue oliendo a Ateneo, el perfume de María Teresa Castillo sigue habitando sus espacios, ahora engalanados con una generación de hippies, los mismos que escriben el nombre en un grano de arroz como lo hicieron otrora.

Frente a la Plaza Morelos está la Torre Viasa, ese ícono inmobiliario de nuestra línea aérea bandera, la que disputaba sitiales de honor con las mejores aerolíneas del mundo. Está invadida, tachonada de antenas de Directv que están pegadas en su estructura como los zancudos sobre un cuerpo que no siente las picadas. Pero siguiendo del Ateneo al Parque Los Caobos, en el Museo de Bellas Artes hay dos exposiciones: una de arte ingenuo de diversas partes del país y otra de tradiciones populares. Ambas, mal aprovechan los espacios de un museo que fue dedicado, desde 1976, a la exhibición de obras de artistas extranjeros que son patrimonio del país. No están expuestos los valiosos lienzos de Goya, ni de Alfaro Siqueiros, ni de Edgar Degás. Sólo una escultura de Marina Núñez del Prado, una de un cubano y La Tempestad, de Lorenzo González, mudada desde la Galería de Arte Nacional. El Calder de los jardines está, gracias a Dios, intacto y a salvo. No supe de la colección de porcelana china (la que era la más grande de América)  ni la de arte egipcio. Las salas están cerradas. El jugo del cafetín es increíblemente mediocre.

Museo de Ciencias. Exposiciones normales, naturales, nada del otro mundo, salvo una sobre el satélite Simón Bolívar con maquetas de las constelaciones y galaxias preparadas por el personal del Observatorio CIDA de Llano del Hato en Mérida. Brillante trabajo en el que condensaron estrellas. La plaza Teresa de la Parra está perdidamente perdida. No quise entrar al parque Los Caobos. Un vigilante me alertó que cerca de la Fuente Monumental Venezuela viven waraos indigentes venidos de Delta Amacuro y pueden ponerse violentos. Media vuelta.

No hay variedad de afiches en el kiosko de arte de la Galería de Arte Nacional, mudada hace poco a un edificio funcional pero poco estético que habita en ese espacio sin nombre entre la Avenida México y la Avenida Bolívar. Los pedestales de las estatuas de Morelos y Juárez están pintarrajeados por representantes de la “cultura urbana”, destructores más bien. Si fuera la avenida Cuba y fueran otras estatuas, quizá le dedicaran un poquito de afecto (la plaza Martí, en Las Mercedes, brilla en un escenario surrealista que me dará para otro artículo).

Vuelta a Parque Central. No deja de asombrarme la perfección geométrica (lo que conviva allí no es mi asunto en este momento) como fue imaginado ese espacio. Cómo esas torres se levantan del suelo sísmico de Caracas como símbolo fraterno de otros tiempos. No entré. El Museo de los Niños sigue en su lugar, los alegres cubos transparentes con el planetario en el extremo dan cuenta de esa otra época donde hubo mejores prioridades. Alegremente, un pendón de su fundadora, Alicia Pietri de Caldera, da la bienvenida a un espacio que parece no haber sido tocado por lo partidista.

El Museo de Arquitectura me espera. Está ubicado en la esquina de la Avenida Bolívar con la avenida Sur 9 (tuve que buscar el nombre en Google Maps). Cuando leí de la inauguración, me imaginaba que estaba lleno de maquetas de las ciudades primigenias, que había una ruta por las ciudades fundadoras, que pasaba por el análisis de los métodos de construcción, que había recuperado las maquetas retrospectivas de Caracas que estaban en el Museo del Transporte. Pero, no. Me encontré con un edificio hermoso, revestido de propaganda y maquetas sobre la Gran Misión Vivienda Venezuela. De paso, estaban coleteando las salas a las diez de la mañana. Todo estaba impregnado de aroma a Pinolín a granel. Detrás, el Nuevo Circo, rojo y amarillo, en recuerdo de sus gloriosas tardes de toros, brilla como una diadema extraviada en un rimero de bisutería barata colombiana.

¿A dónde se fueron nuestros arquitectos? ¿Dónde están los herederos de Alejandro Chataing, Luis Malausena, Luciano Urdaneta, Carlos Raúl Villanueva? ¿Por qué no hay nada nuevo en el centro de Caracas? El casco histórico ha sido brillantemente recuperado, sí. ¿Pero, qué hay de nuevo en esa recuperación? Me asombra que una ciudad que asombraba, como Caracas, haya perdido sus espacios de dejar boquiabiertos a sus visitantes. ¿Ese “misil” que hay en la Plaza el Venezolano, qué simboliza?

Estuve después en el Morro de Lechería, justamente en la Zona Turística de Oriente, el complejo de islas y canales que ideó Daniel Camejo Octavio y que le da vida al área metropolitana de Puerto La Cruz y Barcelona, ocupando las antiguas salinas que hubo en esa zona. Allí, entre lanchas y edificios lujosos, pensé que en el país hay muchísimas muestras de esa creatividad desbordada que en algún tiempo nos sirvió para hacer que el país cruzara los primeros pasos hacia la modernidad. No me cansaré de decir que había problemas, y que no todo era perfecto. Pero había un rumbo, un norte, que ahora parece trastocado hacia el Caribe, como el ejemplo de los helados de productos Los Andes, empresa láctea del gobierno nacional. Llegamos a tal punto, que la línea de helados se llamará Coppelia, como la famosa heladería del Vedado habanero.

¿Por qué, por qué y mil veces por qué? ¿Se acabaron los nombres criollos? ¿Qué es Caracas en estos tiempos?

Angel Mendoza Zabala / CNP: 19.492

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La agridulce Colombia

Adapto el título de este artículo a uno del colombiano Germán Castro Caycedo, Colombia Amarga. Castro Caicedo es un maestro en el arte narrativo y en el género peligroso de la novela de No Ficción. Recomiendo ampliamente El Karina y La Bruja, textos que forman parte del increíble acervo que tiene la República de Colombia en literatura reflejada en sus problemas, algunos de los cuales, ha logrado ir superando.

Castro Caycedo, sin embargo, no ocupa mi atención en estas líneas, sino otros dos colombianos y un norteamericano. Desmenucé No hay silencio que no termine, de Ingrid Betancourt Pulecio, Matar a Pablo de Mark Bowden y Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez. Intenté mezclarlos, juntar pasajes de uno con otro y con el siguiente, y se desplegó ante mis ojos una suerte de retrato abstracto y surrealista de lo que fue -y sigue siendo parcialmente- la vecina, Colombia.

Más allá de la diatriba entre Betancourt y algunos de sus compañeros de secuestro sobre su comportamiento en aquellos días terribles, su relato es una exposición brutal del sufrimiento ante la pérdida de la libertad. Ese elemento básico que se extravía en una corriente de un río caudaloso cuando un soldado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) le dice: “Usted va, para donde yo diga”, como anticipo de los casi siete años que pasó la mujer separada de su propia existencia.

De ese texto intuyo que el que es secuestrado, muere en el tiempo de cautiverio y resucita en la liberación sea cual sea: a la muerte definitiva o de regreso a su vida.

Matar a Pablo es un relato descarnado y rítmico, del auge y ascenso de Pablo Escobar Gaviria, y de su estrepitosa caída hacia la fosa de un cementerio de su amada Medellín. Es una biografía en clave sinfónica, un retrato perfecto -al óleo- sin ser fotográfico, del hombre que decidió sobre los destinos de los colombianos durante años. De sus páginas sale un tufo acre a dinamita, se inscribe en la parafilia del necrófilo, y se iza como el estandarte de un hombre que creyó siempre que lo que hizo era correcto.

De Gabriel García Márquez no puedo decir nada más salvo que Noticia de un Secuestro es, con el elemento de su mano larga alcanzando las cotas más altas de la magia literaria, una película real que se muestra en la pantalla particular de muchos lectores. El relato a partir del secuestro de Maruja Pachón y Beatriz Villamizar, que involucra luego a varios secuestrados más, traza una línea invisible sobre el entramado de Pablo Escobar y los llamados Extraditables, desde la más profunda guerra hasta la consecución de la inalcanzada paz colombiana.

Los tres guardan una característica común por sobre el sufrimiento de las víctimas: la labor del Estado en la búsqueda de la paz. La intransigencia de los gobiernos a negociar acuerdos que sólo permitieran a los irregulares obtener minutos de gracia pública. De Belisario Betancur, con sus iniciativas de paz con las guerrillas de las Farc y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), pasando por la desmovilización del M-19 y su incorporación a la vida nacional, hasta Juan Manuel Santos sentado con los líderes que quedan de ese movimiento estalinista diezmado por el cansancio de un pueblo agotado de no entender su lucha con las prácticas que supuestamente combaten.

Mientras los leía, en un ejercicio particular que me lleva no a leer por placer sino como un trabajo necesario en mi disciplina literaria, iba consultando en Google Earth los lugares mencionados. No deja de asombrarme que Colombia haya asumido la construcción de bibliotecas como una prioridad nacional y hoy despunten como atractivos turísticos de las ciudades donde han sido sitas, incluyendo apartados pueblos. Me atrevo a considerar que esa política de Estado (que no de gobierno) ha sido fundamental para que ahora sea Colombia la que atraiga venezolanos a trabajar en sus ciudades. Ha dado ese crecimiento necesario a un país que lo tiene todo para triunfar. Quien más sabe, tiene más. En todos los sentidos.

Vive Venezuela un estado de guerra interna entre el hampa y el habitante común. Un estado que ha atravesado, como una lanza, hasta las más encumbradas familias criollas (recientemente, el hijo de un alto general del Ejército fue detenido mientras atracaba un taxi) y se ha erigido como factor preponderante de una sociedad que ha aprendido a sobrevivir con miedo. Marcando las distancias, los antioqueños vivieron una situación similar con Pablo Escobar: se adaptaron a sus métodos para no morir, y los que no lo permitieron, en el cementerio están. Y pudieron los colombianos acabar con tal peligroso síndrome, el del amargo miedo colectivo.

¿Tendrán que estallar cientos de toneladas de dinamita en Venezuela para que asumamos como un todo la necesidad perentoria de la erradicación del miedo, en todas sus formas?

Angel Mendoza Zabala / CNP: 19.492

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