La agridulce Colombia

Adapto el título de este artículo a uno del colombiano Germán Castro Caycedo, Colombia Amarga. Castro Caicedo es un maestro en el arte narrativo y en el género peligroso de la novela de No Ficción. Recomiendo ampliamente El Karina y La Bruja, textos que forman parte del increíble acervo que tiene la República de Colombia en literatura reflejada en sus problemas, algunos de los cuales, ha logrado ir superando.

Castro Caycedo, sin embargo, no ocupa mi atención en estas líneas, sino otros dos colombianos y un norteamericano. Desmenucé No hay silencio que no termine, de Ingrid Betancourt Pulecio, Matar a Pablo de Mark Bowden y Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez. Intenté mezclarlos, juntar pasajes de uno con otro y con el siguiente, y se desplegó ante mis ojos una suerte de retrato abstracto y surrealista de lo que fue -y sigue siendo parcialmente- la vecina, Colombia.

Más allá de la diatriba entre Betancourt y algunos de sus compañeros de secuestro sobre su comportamiento en aquellos días terribles, su relato es una exposición brutal del sufrimiento ante la pérdida de la libertad. Ese elemento básico que se extravía en una corriente de un río caudaloso cuando un soldado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) le dice: “Usted va, para donde yo diga”, como anticipo de los casi siete años que pasó la mujer separada de su propia existencia.

De ese texto intuyo que el que es secuestrado, muere en el tiempo de cautiverio y resucita en la liberación sea cual sea: a la muerte definitiva o de regreso a su vida.

Matar a Pablo es un relato descarnado y rítmico, del auge y ascenso de Pablo Escobar Gaviria, y de su estrepitosa caída hacia la fosa de un cementerio de su amada Medellín. Es una biografía en clave sinfónica, un retrato perfecto -al óleo- sin ser fotográfico, del hombre que decidió sobre los destinos de los colombianos durante años. De sus páginas sale un tufo acre a dinamita, se inscribe en la parafilia del necrófilo, y se iza como el estandarte de un hombre que creyó siempre que lo que hizo era correcto.

De Gabriel García Márquez no puedo decir nada más salvo que Noticia de un Secuestro es, con el elemento de su mano larga alcanzando las cotas más altas de la magia literaria, una película real que se muestra en la pantalla particular de muchos lectores. El relato a partir del secuestro de Maruja Pachón y Beatriz Villamizar, que involucra luego a varios secuestrados más, traza una línea invisible sobre el entramado de Pablo Escobar y los llamados Extraditables, desde la más profunda guerra hasta la consecución de la inalcanzada paz colombiana.

Los tres guardan una característica común por sobre el sufrimiento de las víctimas: la labor del Estado en la búsqueda de la paz. La intransigencia de los gobiernos a negociar acuerdos que sólo permitieran a los irregulares obtener minutos de gracia pública. De Belisario Betancur, con sus iniciativas de paz con las guerrillas de las Farc y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), pasando por la desmovilización del M-19 y su incorporación a la vida nacional, hasta Juan Manuel Santos sentado con los líderes que quedan de ese movimiento estalinista diezmado por el cansancio de un pueblo agotado de no entender su lucha con las prácticas que supuestamente combaten.

Mientras los leía, en un ejercicio particular que me lleva no a leer por placer sino como un trabajo necesario en mi disciplina literaria, iba consultando en Google Earth los lugares mencionados. No deja de asombrarme que Colombia haya asumido la construcción de bibliotecas como una prioridad nacional y hoy despunten como atractivos turísticos de las ciudades donde han sido sitas, incluyendo apartados pueblos. Me atrevo a considerar que esa política de Estado (que no de gobierno) ha sido fundamental para que ahora sea Colombia la que atraiga venezolanos a trabajar en sus ciudades. Ha dado ese crecimiento necesario a un país que lo tiene todo para triunfar. Quien más sabe, tiene más. En todos los sentidos.

Vive Venezuela un estado de guerra interna entre el hampa y el habitante común. Un estado que ha atravesado, como una lanza, hasta las más encumbradas familias criollas (recientemente, el hijo de un alto general del Ejército fue detenido mientras atracaba un taxi) y se ha erigido como factor preponderante de una sociedad que ha aprendido a sobrevivir con miedo. Marcando las distancias, los antioqueños vivieron una situación similar con Pablo Escobar: se adaptaron a sus métodos para no morir, y los que no lo permitieron, en el cementerio están. Y pudieron los colombianos acabar con tal peligroso síndrome, el del amargo miedo colectivo.

¿Tendrán que estallar cientos de toneladas de dinamita en Venezuela para que asumamos como un todo la necesidad perentoria de la erradicación del miedo, en todas sus formas?

Angel Mendoza Zabala / CNP: 19.492

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Acerca de angelmendozazabala

Periodista (Universidad Rafael Belloso Chacín, Maracaibo, 2006). Escritor, Finalista del IV Premio Planeta Casamérica (Valparaíso, Chile) 2011 con "Positivo" (Planeta, 2011). Premio Nacional de Literatura "Freddy Hernández Álvarez" 2012 (Barcelona, Venezuela) con "Leopoldville". Melómano crónico, con recurrencia diaria. Venezolanómano convencido.
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