Creatividad perdida (Vueltas de un provinciano por Caracas I)

IMG00656¿A dónde se fue la creatividad del venezolano? ¿En qué maleta perdimos nuestra inventiva, la capacidad de construir superlativos, de diseñar récords y lograr que el mundo se fijara en nosotros por elementos positivos?

Estuve en Caracas y no pude dejar de hacer comparaciones. No es que nos volvimos más prácticos, sino que con más dinero somos como los árabes aburridos de los países más recalcitrantes -nada que ver con los Emiratos Árabes Unidos o Bahrein-, sino con el Yemen, Omán, Marruecos o la Libia de Gadafi. Mujeres envueltas en envoplast opaco, casas chatas, olores a camellos.

Caminé del Alba Caracas (que para mi sigue siendo el Hilton) al Teresa Carreño, atravesando una pasarela que es además un vergel. Allí, maravillado por Harry Abend, miré al Oeste y me encontré con las colmenas contemporáneas de Parque Central. La Librería del Sur -de dos plantas, abarrotada de libros, abre inconvenientemente a las 10 de la mañana-. El edificio de la Universidad de las Artes sigue oliendo a Ateneo, el perfume de María Teresa Castillo sigue habitando sus espacios, ahora engalanados con una generación de hippies, los mismos que escriben el nombre en un grano de arroz como lo hicieron otrora.

Frente a la Plaza Morelos está la Torre Viasa, ese ícono inmobiliario de nuestra línea aérea bandera, la que disputaba sitiales de honor con las mejores aerolíneas del mundo. Está invadida, tachonada de antenas de Directv que están pegadas en su estructura como los zancudos sobre un cuerpo que no siente las picadas. Pero siguiendo del Ateneo al Parque Los Caobos, en el Museo de Bellas Artes hay dos exposiciones: una de arte ingenuo de diversas partes del país y otra de tradiciones populares. Ambas, mal aprovechan los espacios de un museo que fue dedicado, desde 1976, a la exhibición de obras de artistas extranjeros que son patrimonio del país. No están expuestos los valiosos lienzos de Goya, ni de Alfaro Siqueiros, ni de Edgar Degás. Sólo una escultura de Marina Núñez del Prado, una de un cubano y La Tempestad, de Lorenzo González, mudada desde la Galería de Arte Nacional. El Calder de los jardines está, gracias a Dios, intacto y a salvo. No supe de la colección de porcelana china (la que era la más grande de América)  ni la de arte egipcio. Las salas están cerradas. El jugo del cafetín es increíblemente mediocre.

Museo de Ciencias. Exposiciones normales, naturales, nada del otro mundo, salvo una sobre el satélite Simón Bolívar con maquetas de las constelaciones y galaxias preparadas por el personal del Observatorio CIDA de Llano del Hato en Mérida. Brillante trabajo en el que condensaron estrellas. La plaza Teresa de la Parra está perdidamente perdida. No quise entrar al parque Los Caobos. Un vigilante me alertó que cerca de la Fuente Monumental Venezuela viven waraos indigentes venidos de Delta Amacuro y pueden ponerse violentos. Media vuelta.

No hay variedad de afiches en el kiosko de arte de la Galería de Arte Nacional, mudada hace poco a un edificio funcional pero poco estético que habita en ese espacio sin nombre entre la Avenida México y la Avenida Bolívar. Los pedestales de las estatuas de Morelos y Juárez están pintarrajeados por representantes de la “cultura urbana”, destructores más bien. Si fuera la avenida Cuba y fueran otras estatuas, quizá le dedicaran un poquito de afecto (la plaza Martí, en Las Mercedes, brilla en un escenario surrealista que me dará para otro artículo).

Vuelta a Parque Central. No deja de asombrarme la perfección geométrica (lo que conviva allí no es mi asunto en este momento) como fue imaginado ese espacio. Cómo esas torres se levantan del suelo sísmico de Caracas como símbolo fraterno de otros tiempos. No entré. El Museo de los Niños sigue en su lugar, los alegres cubos transparentes con el planetario en el extremo dan cuenta de esa otra época donde hubo mejores prioridades. Alegremente, un pendón de su fundadora, Alicia Pietri de Caldera, da la bienvenida a un espacio que parece no haber sido tocado por lo partidista.

El Museo de Arquitectura me espera. Está ubicado en la esquina de la Avenida Bolívar con la avenida Sur 9 (tuve que buscar el nombre en Google Maps). Cuando leí de la inauguración, me imaginaba que estaba lleno de maquetas de las ciudades primigenias, que había una ruta por las ciudades fundadoras, que pasaba por el análisis de los métodos de construcción, que había recuperado las maquetas retrospectivas de Caracas que estaban en el Museo del Transporte. Pero, no. Me encontré con un edificio hermoso, revestido de propaganda y maquetas sobre la Gran Misión Vivienda Venezuela. De paso, estaban coleteando las salas a las diez de la mañana. Todo estaba impregnado de aroma a Pinolín a granel. Detrás, el Nuevo Circo, rojo y amarillo, en recuerdo de sus gloriosas tardes de toros, brilla como una diadema extraviada en un rimero de bisutería barata colombiana.

¿A dónde se fueron nuestros arquitectos? ¿Dónde están los herederos de Alejandro Chataing, Luis Malausena, Luciano Urdaneta, Carlos Raúl Villanueva? ¿Por qué no hay nada nuevo en el centro de Caracas? El casco histórico ha sido brillantemente recuperado, sí. ¿Pero, qué hay de nuevo en esa recuperación? Me asombra que una ciudad que asombraba, como Caracas, haya perdido sus espacios de dejar boquiabiertos a sus visitantes. ¿Ese “misil” que hay en la Plaza el Venezolano, qué simboliza?

Estuve después en el Morro de Lechería, justamente en la Zona Turística de Oriente, el complejo de islas y canales que ideó Daniel Camejo Octavio y que le da vida al área metropolitana de Puerto La Cruz y Barcelona, ocupando las antiguas salinas que hubo en esa zona. Allí, entre lanchas y edificios lujosos, pensé que en el país hay muchísimas muestras de esa creatividad desbordada que en algún tiempo nos sirvió para hacer que el país cruzara los primeros pasos hacia la modernidad. No me cansaré de decir que había problemas, y que no todo era perfecto. Pero había un rumbo, un norte, que ahora parece trastocado hacia el Caribe, como el ejemplo de los helados de productos Los Andes, empresa láctea del gobierno nacional. Llegamos a tal punto, que la línea de helados se llamará Coppelia, como la famosa heladería del Vedado habanero.

¿Por qué, por qué y mil veces por qué? ¿Se acabaron los nombres criollos? ¿Qué es Caracas en estos tiempos?

Angel Mendoza Zabala / CNP: 19.492

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Acerca de angelmendozazabala

Periodista (Universidad Rafael Belloso Chacín, Maracaibo, 2006). Escritor, Finalista del IV Premio Planeta Casamérica (Valparaíso, Chile) 2011 con "Positivo" (Planeta, 2011). Premio Nacional de Literatura "Freddy Hernández Álvarez" 2012 (Barcelona, Venezuela) con "Leopoldville". Melómano crónico, con recurrencia diaria. Venezolanómano convencido.
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