Macarapana

IMG00272Retreta en honor a la Santísima Trinidad, Plaza Bolívar, Macarapana, junio 2012 (Foto: Angel Mendoza Z.)

Macarapana tiene mucha valía.| Macarapana sueña de noche y día.| Y entre paisajes juegan sus resplandores,| el rumor de sus calles y sus amores.

Manuel Higuerey Rivera, Macarapana. La Mata Grande, Caracas, 1986. Edición particular.

Macarapana es un pueblo del oriente venezolano, anexado a Carúpano por esas cosas de la modernidad urbana y el crecimiento poblacional. Sigue, no obstante, siendo independiente, con vocación soberbia y presencia jactanciosa. Me ha servido de asiento muchas veces, es el pueblo donde habitan mis padres, donde tengo ancestros, donde está mi casa. Decía el patriarca José Arcadio Buendía que uno no es de ninguna parte hasta que no tenga un muerto bajo la tierra, y supongo que si mi primer difunto cronológico importante fue mi abuelo materno, pues soy un poquito de acá. Macarapana es engreída: su patrón no es un santo sino mucho más: las Tres Divinas Personas en una.

Colina, el cantante coriano que cantaba Quiero vivir contigo, toda la vida, le grabó un tema a Macarapana en su primera producción musical Amanecer (Sonográfica, 1982). Ese tema es quizá la mención más popular del pueblo En Macarapana, el canto llegó, todas las mañanas que yo viví allá. Algunos que viven fuera lo usan como repique de celular. Es una descripción muy cercana del caracter de ese rincón, bucólico en ocasiones, donde los pájaros bajan a comer en los alféizares sin temor alguno. Donde el vecino sigue buscando la verdura de la sopa en la bodega de Rosendo y los niños tienen como una diversión ver el avance del río Chuare cuando crece alimentado por las lluvias.

Macarapana, claro, se ha adentrado en el tiempo. Ha perdido parte de su magia y como en una suerte de retroceso malévolo, ha perdido muchas cosas modernas de las que adolece en pleno siglo XXI: no tiene farmacia, hace años cerró el cine, murió la Psicotomimética (una popular discoteca de los 70), se acabó el legendario bar El Samán, los dulces de Leopoldo Montaño quedaron disminuidos en una exigua oferta de galletas, helados y confites de frutas de temporada. No hay roscas, ni suspiros, ni coscorrones.  La tecnología volvió seco al pueblo, árido de oferta de servicios a sus habitantes.

Mantiene sí, tradiciones que asombran a los extraños que visitan un pueblo azotado por el fenómeno migratorio de mediados del siglo XX: mucha gente se fue a la ciudad a buscar mejores perspectivas. Los que quedaron atraen a los ahora visitantes, sembradores de la estirpe macarapanera allende los límites de La Medalla de Oro (extinto bar que marcaba el inicio del camino al pueblo). En este pueblo doblan las campanas por los muertos con un horario establecido por la tradición oral: no se dobla si no hay luz de sol. El privilegio de la muerte anunciada con campanas se extiende a todo macarapanero o familiar conocido, viva o no en el pueblo. Ha habido dobles por gente que muere en Canadá.

Las campanas del pueblo (que datan de épocas inmemoriales: pertenecían al viejo templo demolido en los años de la Venezuela saudita porque se había dañado en un temblor) también tocan emergencia si pasa algo en la comunidad: un incendio, una inundación. Suenan a repique para llamar a la misa. Tocan doce veces antes de las doce de la noche del 31 de diciembre tras lo cual, repican distinto. Todo esto sin que nadie obligue a nadie: el sentido colectivo del pueblo hace que el que llegue primero al campanario y sepa hacerlo, lo haga si se requiere. Hombre o mujer, letrado o no.

Permanecen las raíces genealógicas más importantes del pueblo: Alcalá, Higuerey, Montaño, Marcano, Ferrer, Zabala, Hernández. Todas tienen su rama blanca y su rama negra, derivadas, presuntamente, de la abolición de la esclavitud y el derecho del emancipado de tomar el apellido del antiguo amo. Macarapana es, además, uno de los pocos pueblos que alumbra a sus muertos, de noche, durante el 2 de noviembre, en la demostración fehaciente de que no se le teme a la muerte o que al menos se le reta durante una noche (el auge de la delincuencia ha eclipsado esta tradición y cada vez fija su término a una hora más temprana).

Camino como ejercicio por la moderna avenida Alcides Guevara (un macarapanero ilustre), la conexión expedita del pueblo con Carúpano: una vía ancha, de cuatro canales con isla, una avenida que no se gasta mucho barrio de metrópolis. Data del gobierno de Luis Herrera Campíns y podría ser no sólo una vía de comunicación, sino un paseo verde, donde la gente haga ejercicio físico con comodidad, sin ranchos bloqueando la vista del vergel de los cerros (ayer una mujer me insultó porque me quedé lelo viendo un pájaro verde y para mi, extraño -después sabría que se trataba de un conoto- y ella sintió que estaba mirando hacia su casa), ni huecos, ni camiones mal estacionados abasteciendose de agua de los múltiples pozos que surcan la avenida. Macarapana es un pueblo de agua, el manantial de la seca Carúpano.

El pueblo vive por la voluntad ciega de sus habitantes que remozan la plaza, organizan cada cuatro años el Reencuentro de sus hijos desperdigados por el mundo y premia a los que han alcanzado una distinción universitaria, en público, exaltando la calidad de quienes se han esforzado. Pero nada más recibe. Da agua, mucha agua (su acueducto data de principios del año pasado y cada día más se hace insuficiente) y ni siquiera le desmontan las aceras de sus vías de acceso. Huele a jalea de mango, a casabe (es productora del que a mi juicio es el mejor del mundo), a las calas que cultivan en sus campos, a la lechuga que ya no baja de Quebrada de Agua. Pudiese ser un pueblito de esos en los que la gente se entrega al solaz de disfrutar de las reminiscencias de otros tiempos. Pudiese tener un museo.

Debe ser un caso extraño: de Macarapana han salido al menos, dos títulos universitarios por cada residencia: un elevado índice de universitarios pér cápita. A ellos aludo. A ellos llamo. Macarapana debe recordar la obra literaria de un narrador ingenuo de primera línea que casi nadie conoce, mi bisabuelo, Manuel Higuerey Rivera. Macarapana necesita más que ser un repique de celular. Necesita volver a ser, resurgir de esa tumba en la que la han enterrado al ser parte de Carúpano. Lo tiene todo y a la vez no tiene nada.

El extracto con el que comencé este artículo no tiene fecha escrita en el libro de donde fue tomado. Importa poco la fecha, porque resume el sentimiento de su autor por su pueblo natal: nació aquí, creció aquí, educó aquí, murió aquí y aquí yace. “Cultivo una rosa blanca en junio como enero para el amigo sincero que me da su mano franca” recitaba el maestro Alito versos de Martí a sus vecinos al pasar por las calles: a visitar a sus hijas, Enma y Mercedes (mi abuela), a cortarse el cabello en la barbería del también finado Modesto Morao. Manuel Higuerey Rivera culmina ese micropoema (así lo clasificó), con una invitación perentoria al pueblo:

Sigue soñando Macarapana| que casi siempre los sueños son:|la voz del alma repercutida,|los sentimientos del corazón|la luz radiante de la alborada|los anaqueles de la razón (Ob. Cit).

Que Macarapana sueñe con un mañana mejor solo depende de los macarapaneros. De nadie más.

Angel Mendoza Zabala / CNP: 19.492

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Acerca de angelmendozazabala

Periodista (Universidad Rafael Belloso Chacín, Maracaibo, 2006). Escritor, Finalista del IV Premio Planeta Casamérica (Valparaíso, Chile) 2011 con "Positivo" (Planeta, 2011). Premio Nacional de Literatura "Freddy Hernández Álvarez" 2012 (Barcelona, Venezuela) con "Leopoldville". Melómano crónico, con recurrencia diaria. Venezolanómano convencido.
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4 respuestas a Macarapana

  1. soleilroper dijo:

    Eres un gran escritor! Me encanta recordar a la vieja Macarapana.

  2. luisa rodriguez higuerey dijo:

    Es hermosa esa descripcion. Cartgada de recierdos patra mi!!

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