El país de los muertos, la capital de los escombros

Foto: Venancio Alcázares, tomada de El Universal.

Conocí a Tirsa por las redes sociales. Me envió un mensaje a propósito de mi artículo “La fiesta”, publicado días atrás. Me recordó que no sólo tendremos que hacer celebración bailando “Yo quiero ser como Ariel“, sino que un domingo cercano deberemos conmemorar una suerte de adelanto del día de los muertos que claman justicia desde la ¿paz? de los cementerios.

No fue un hijo de Tirsa sino un sobrino. Lo mataron en la principal de Las Acacias hace unos dos años atrás, para robarle un Blackberry Bold. “Me había pedido cincuenta bolívares porque iba a la Central a averiguar sobre el ingreso en Arquitectura, y le di cien. Ese celular se lo había regalado yo porque era un excelente estudiante, y sus padres no tenían para comprárselo”, me contó en un correo electrónico. El joven vivía en los Bloques de Simón Rodríguez. Tenía, quince años.

Si partimos de la frase que reza que la ciudad es el conjunto de sus habitantes, Caracas es una capital de escombros. Edificios desvencijados, un metro que pasó a ser uno de los problemas de la ciudad, un río que se desborda, una autopista que se quedó pequeña, aceras derruidas, un centro histórico colonial donde cohabitan edificios de la época hispánica, de principios de siglo, de la era dorada de la explotación petrolera y de la mal llamada “revolución”. Caracas es una ciudad que rezuma pus en cada cicatriz mal curada.  Y lleva miles, porque cada deudo de un muerto por causas violentas en Caracas es como una cortada en el cuerpo de la ciudad.

Como Tirsa, supe también del caso de Virginia, una buena amiga que perdió a un hermano -agente policial- a manos del hampa mientras custodiaba un centro gubernamental de atención social. “Esto se salió de las manos hace tiempo”, me contó en ese tiempo vía pin, intercalando en la conversación emoticones con lágrimas. Ella no tendría motivo alguno para despotricar del gobierno, porque trabaja en la estructura del Estado, pero si se interpreta eso es porque hablar de los muertos de Caracas no se ha vuelto un asunto político sino el increíble espejo rojo -de sangre- de la cotidianidad.

Pero, lo peor del caso, es que la muerte no se ha quedado en Caracas de manera exclusiva, sino que ha migrado a otros mercados que consideraba abandonados. El hampa no perdona los antiguos refugios bucólicos del país, y las cifras de mortalidad por causas violentas incluyen nombres geográficos inéditos como Barinitas, Seboruco, Higuerote, Guayabero. Hasta los más reconditos caseríos ha llegado la ley de las balas.

En un programa de esos donde la gente va a exponer sus inquietudes y problemas para que sean resueltos en la televisión, una nicaragüense que busca un hijo perdido hace 22 años   -huýó al negarse a seguir al servicio del ejército sandinista-, contaba que ella no había ido a un pueblo de Honduras a buscarlo porque aunque le habían jurado que allí estaba, aquel pueblo era como “el Oeste, hay muchos pistoleros”. Lo dijo desde su dicción afectada de poca cultura pero cargada con una pertinencia implacable: asociamos al Lejano Oeste de tabernas, bandidos, pistoleros e indios, con alguna zona violenta. Lamentablemente, Caracas, con sus escombros superpuestos, y el país nacional, se han vuelto Lejanos Oestes caribeños donde son muchos los pistoleros y pocos los sheriffs.

A ese proyecto de Ley de Desarme, (engavetado porque tiene más prioridad investigar al joven Caldera por el delito de agarrar cuatro pacas de billetes de cien y meterlas en un sobre amarillo de uso corriente) le falta un elemento fundamental, al menos así deduzco de lo poco que se ha conocido. Es necesario saber de dónde salieron esas armas y esas municiones, cómo es posible que en un país con un mercado controlado de armas de fuego se haya masificado el uso de pistolas, revólveres, fusiles y otros efectos similares.

Esa masificación incluye, de manera alarmante, el descenso progresivo de las edades de los usuarios de las armas. Lo vi en Puerto La Cruz, en un autobús de Tronconal Tercero, cuando un jovencito de unos, digamos, veinte años, subió a pedir dinero para operar a su hermano herido de “tres tiros en la barriga para quitarle la moto”. Lo vi en San Antonio del Golfo, cuando un jovencito de unos trece años llegó a una parada de viajeros luciendo en la cintura una cacha niquelada.

¿Cómo llegamos a ese punto? ¿En qué momento consideramos que era más factible liberar armas que masificar libros? ¿Qué hicimos?, y lo que es más importante, ¿Qué dejamos de hacer? ¿Tiene solución? ¿Podrá recogerse y recopilarse tal arsenal y destruirse en algún momento? ¿Esa sería una garantía de paz? ¿Quién es el responsable de eso? Porque si a un muchacho de quince años llega con facilidad una pistola, es culpa también de quien se la provee como si se tratase de una arepa rellena de mejillón guisado.

Una buena idea me regaló Tirsa al final del correo: “vamos a hacer una misa de muertos a nivel nacional y en todo el país, al mismo tiempo, para rogar porque todos los que han perdido la vida  por la razón que sea, descansen en paz”. Sería uno de esos momentos que tanto necesitamos para reconciliarnos como nación.

Descansen en paz, amén.

Angel Mendoza Zabala / CNP: 19.492

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Edgar Borges y la novela instruccional

Conocí a Edgar Borges en una circunstancia desafortunada: reclamando -improperios criollos de por medio- de viva voz  a un empleado de una línea aérea por su falta de calidad. Había recibido algunos ecos suyos luego de ¿Quién mató a mi madre?, novela suya finalista del III Premio Nacional de Novela Ciudad Ducal de Loeches de Madrid. De allí, a aquel encuentro ante un desorden de maletas, sólo hubo el silencio de quien vive en el exilio y de quien ha sabido de él. Nada más.

Obtuve de Borges, en el frío artificial de Maracaibo, “El hombre no mediático que leía a Peter Handke”. De entrada me asombró la clave sinfónica en la que está escrita: es una crónica demasiado larga para ser crónica y una novela con muchas fechas y horas para no ser una crónica. Así que es un híbrido, es una suerte de creación de género que va más allá de la simple intervención de criterio propio en el desarrollo de un lenguaje literario auténtico.

Se sirve Borges de documentos, papeles, archivos, revistas y entrevistas, para novelar la fábula paradójica de un escritor que intenta ser silenciado, luego de una explosiva carrera, sólo por expresar opiniones adversas al status quo. Peter Handke es un austríaco que defendió la posición serbia y a Slobodan Milosevic. Pero ya había hecho demasiada bulla con sus apreciaciones sobre la palabra y el espacio, así que es virtualmente imposible callarlo. “Tendrán que romper las liras para que olviden tu voz”, cantaba Lilia Vera en homenaje a Víctor Jara. Tendrían que desmembrarse muchos libros para callar a Handke.

Tal cual Truman Capote creó en “A sangre fría” la novela de no ficción, Borges crea la que he denominado la “novela instruccional”. Enseña dos cosas: la temible necesidad consustanciada en el oficio del escritor comprometido sólo y sólo con sus letras (los pasajes referidos a Hotel de vampiros en El hombre no mediático que leía a Peter Handke podrían desarrollar un guión de cine sobre la diatriba económico-creativa que vive todo escritor), y la consecuencia que sufre quien decide apartarse de los estereotipos.

Las introspecciones del protagonista de Borges, que podría ser el mismo o tan sólo alguien llamado con su mismo nombre, recuerdan elementos de la lírica europea más no de la latina: Borges no se parece a nadie, ni siquiera a aquel argentino ciego en amarillo con quien coincide en apellido. Ese discurso es una especie de continente emergente en medio del Atlántico, es perfectamente español con un exquisito criterio del manejo de los recursos del idioma, y es profundamente caribeño en la manera absolutamente desparpajada de contar su historia. Una que podría sonar egocéntrica pero que se abre al mundo al asumir la defensa tribunalicia de un hombre aislado y perdido en un pueblo francés.

Llama la atención otro elemento del libro de Borges: cada frase pudiese generar una historia por sí misma. El niño que miraba desde la ventana, la carta de renuncia de una puta, la soledad de Nathalie, el abandono a Miranda y Camila, el escritor caminando por Gijón, la carta semanal para evitar que una amistad muera ante los embates asesinos de la nostalgia.

Las pretensiones estéticas de El hombre no mediático que leía a Peter Handke son absolutamente mínimas: no es que no quiere ser un texto hermoso sino que no se esfuerza en serlo, como cualquier beldad de barrio pobre que con un jean ajustado, un brillito en los labios y una melena alborotada, paraliza el tráfico en cualquier ciudad y acapara piropos aún por encima de delgadeces extremas. No tiene una portada especialmente atractiva ni luce un sello de una gran editorial pero no le importa. Es un texto felizmente perfecto en su esencia e intención.

Borges constituye el ejemplo enciclopédico del exilio: su piel morena y sus rasgos matizados con barloventeñerías se exhiben en las abigarradas calles catalanas. Es como una jota con tambor. En busca de “mejores oportunidades” -aún con todo el cliché que la frase pueda connotar- partió a España, donde es respetado en los más altos círculos literarios. Paradoja venezolana de los viejos y los nuevos tiempos: el grueso de la obra de Borges no ha sido editada en su país.

Angel Mendoza Zabala  / CNP 19.4920

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Todo el Zulia en un acetato: CANDELA, Vol. 3 (1983)

Hablar de superlativos siempre implica una responsabilidad añadida: uno puede equivocarse al calificar algo de “lo mejor de lo mejor”. Pero voy a tomar el riesgo porque esa es la opinión que tengo del LP “Vol. 3” de la agrupación Candela: Canto, Danza y Expresión de lo Autóctono, dirigido por Jesús Morillo y que vio la luz a mediados de 1983, que posee mi padre desde esos años y que he escuchado casi siempre.

Un excelente disco que condensa, surco a surco, la diversidad de la expresión musical zuliana más acérrima. Desde “Las arrias de Perijá” -título informal con el que se conoce este disco-, una excelente gaita de tambora que relata los días del transporte con burros desde Machiques hasta Maracaibo, hasta la no menos impresionante “Música guajira”, donde por primera vez -no creo equivocarme- y hasta el momento, se han llevado al estudio de grabación instrumentos musicales típicos de la étnia wayuú.

Abre una parranda de Martín Villalobos, “Al son del tambor”, inspirada en los ritmos del centro del país. Se escuchan coros afinadísimos, silbidos y una excelente musicalidad aderezada con un buen solista: Justo Montenegro. “Gibraltar lindo” sigue en reproducción, un aguinaldo original de Jesús Morillo, un auténtico villancico zuliano cantado a dos voces más coro, que evoca las navidades del sur del Lago de Maracaibo. Preceden ambos a la pieza musical más conocida de este álbum, “Las arrias de Perijá”, una bellísima gaita de tambora que huele a queso perijanero y a mantequilla, original de Antonio Pachano.

“Decile a Pía” es una gaita de tambora de la autoría de Jesús Morillo, un músico y además historiador que se echó al hombro la tarea de recopilar ritmos y cadencias típicos de los pueblos del Zulia. “El hijo ausente”, son décimas de Rafael “Paíto” Ortega, de Santa Rosa de Agua, estado Zulia, donde, quizá por la cercanía por el lago y la pesca, se hace muy buena música, siendo la pieza encargada de cerrar el primer set de este extraordinario larga duración.

“Hacia el carnaval”, es una parranda de Cata (estado Aragua), recopilada por Un Solo Pueblo, en la época de mayor esplendor de este grupo aragüeño y de amplia colaboración con Candela (el grupo zuliano grabó en 1982 “Isauro Serrano” en colaboración con Lilia Vera, y con el mismo Un Solo Pueblo en 1985 “Como Buen Venezolano”, tema que aparece en el LP “Alúmbrame el Zaguán”). “Palomas Perijaneras” es un golpe de Paloma, recopilado en el entonces Distrito Perijá, y como lo define José Luis Angarita -en una separata que hace las veces de funda de la placa- esos golpes “han sido parte de la cotidianidad productiva y creadora del Distrito Perijá desde hace muchos años”.

“Gaita pa’ Angela Parra” es un homenaje musical a una insigne luchadora sindical (desde la época de Juan Vicente Gómez) que laboró años después en el Seguro Social. Es una gaita de furro recopilada por el grupo Candela en Machiques. “Ana Margarita”, es una danza zuliana de esas que poblaban las serenatas, recopilada en Maracaibo, y “Música guajira”, en la que se escuchan instrumentos típicos de esa étnia interpretados por Manuel Montiel, integrante wayuú de Candela.

El disco fue grabado en Sonofuturo, por Edwin Pulgar, Simón Bolívar y Ronald Guerra. La grabación fue dirigida por Jesús Morillo y Martín Villalobos. Salió prensado bajo el sello “Dominó”, de Suramericana del Disco.

En tiempos en los que se alude al presunto nacionalismo reinante, hablar de este disco es saber que en otros tiempos se diseñó la expresión autóctona y fina de nuestro gentilicio, en este caso, el zuliano. Escuchar los 33.3 minutos de música de esa producción es viajar por el Zulia, en un recorrido fastuoso. Es vivir al Zulia en cada verso, amarlo en cada repique de tambora, sentirlo en cada chasqueo de cuatro o cada floreo de charrasca. Este disco fue hecho por el sector privado.

Agradezco a Jesús Morillo por facilitarme este longplay en formato digital.

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Jaime Lusinchi: el patriota olvidado

Jaime Lusinchi (Clarines, Anzoátegui, 1924), fue presidente de Venezuela de 1984 a 1989. En ese período, asumió, dirigió, sorteó, sobrellevó y resultó triunfante en el único episodio contemporáneo (en los últimos cincuenta años), en el que el país estuvo al borde de la guerra, con su vecino, Colombia. Fue un patriota que ganó ese episodio.

Molesta sobremanera ver como los venezolanos tenemos una memoria cuya fecha de caducidad es elevadamente cercana y novelerista. Sólo recordamos a Lusinchi por el “caso de los Jeeps” y los sonados casos de corrupción que se destaparon en su mandato. Si bien es cierto que fue irresponsable al permitir que su vida personal se mezclase con sus acciones de gobierno, no es menos importante su actuación hace 25 años, cuando demostró su capacidad política como Jefe de Estado. Lusinchi fue Comandante En Jefe de una Fuerza Armada Nacional respetada y capaz. Cien mil efectivos se movilizaron para repeler la violación de la soberanía.

Sí. El 9 de agosto de 1987 una embarcación de guerra de la Armada Colombiana, la ARC “Caldas”, ingresó a aguas territoriales venezolanas haciendo labores de “vigilancia” en la llamada “zona económica exclusiva”. El patrullero ARV “Libertad” detectó la incursión, avisó a sus superiores, exigió a la corbeta retirarse hacia el norte, y se pasó a estado de “alerta” de conflicto. Aviones F-16 despegaron entonces de la Base Aérea “Rafael Urdaneta” de Maracaibo, y el Golfo de Venezuela se convirtió en zona de posible guerra.

Desde Colombia, el presidente Virgilio Barco, desplegó su escenario de conflicto (que amplió hasta Nicaragua, según el maravilloso libro La corbeta solitaria, de Jorge Bendeck Olivella, Grijalbo), y movilizó hasta un submarino, el ARC “Tayrona”, para apoyar tanto a la Caldas, como a la ARC “Independiente”, que llegó a relevar a su hermana.

Se dispararon misiles de alerta, y se movilizaron las siguientes unidades de tropa: el batallón “Bravos de Apure” al norte del río Limón; a posiciones estratégicas los batallones de infantería “Arismendi” y “Girardot” y el grupo de artillería “Freites”; el batallón de ingenieros “Carlos Soublette”, el batallón de apoyo “José Escolástico Andrade” y el grupo de artillería lanza cohetes múltiples “José Gregorio Monagas” fueron colocados en “Alerta Máxima”. De inmediato, embajadores y presidentes se reunieron en Caracas y Bogotá. Simón Alberto Consalvi, a la sazón, canciller venezolano, entregó una nota diplomática al embajador colombiano en Caracas en la que advierte de “riesgo militar inminente”.

Pudimos ir a la guerra porque, como se ha determinado en innumerables ocasiones, el acto fue una provocación de Colombia. Una provocación estudiada y predeterminada. Estábamos a tiro fácil de los colombianos que a simple vuelo, hubiesen podido destruir el corazón económico de Venezuela: Maracaibo y la zona de explotación del Campo Costanero Bolívar, entre Cabimas y Lagunillas. Están ahí, de paso, en esa zona, las refinerías de Bajo Grande, Cardón y Amuay, (que no estaban unificadas), y el Complejo Petroquímico “El Tablazo”. La segunda ciudad del país en zona de guerra. Consecuencias devastadoras.

El 17 de agosto las tensiones llegaron a su punto clímax: Caracas ordenó hundir la corbeta ARC “Independiente”. Pero la embarcación se retiró de la zona, previo pedido e intercesión del Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Joao Baena Soares y del presidente de Argentina, Raúl Alfonsín. Bogotá transigió.

Ya el 19 de agosto el impasse estaba solucionado. No fuimos a la guerra, pero estuvimos a punto. Lusinchi obtuvo una victoria internacional aplastante y un respaldo de los países latinoamericanos. No se cortaron relaciones diplomáticas con Bogotá, ni se retiraron embajadores. La política externa se manejó, en ese momento, con gran altura, dirigida por profesionales diplomáticos. Tuvimos un acto de guerra y respondimos con otro.

El 9 de agosto debería ser recordado ese episodio, condecorado el capitán Alfredo Castañeda (del ARV “Libertad”), todos los oficiales superiores involucrados en el hecho, el canciller Consalvi, el presidente Lusinchi. Los hombres cometemos errores, pero así como tenemos máculas tenemos vetas de luz. El manejo de la crisis del Caldas es uno de los diamantes que Lusinchi puede lucir en la frente. No calla sus desaciertos pero lo convierte en el único presidente de la Venezuela democrática, sometido a semejante desafío.

Me pregunto qué pasaría, si una situación como esa estallase en la actualidad. Si por menos hemos retirado embajadores, cerrado fronteras, y enviado diez batallones a la frontera, cómo sería si se metiese un barco de guerra extranjero y nos diésemos cuenta.

Hace 25 años demostramos que teníamos una Fuerza Armada capaz e inteligente. Aviones F-16, tanques, misiles, cañones, lanchas de reconocimiento, patrulleros. Había cerebros militares. Vale preguntarse si hoy los tenemos. Pero más allá de eso, valga el reconocimiento al presidente Jaime Lusinchi, quien mantuvo la posición venezolana soberana y legítima, pero no puso en riesgo, ni un momento, la vida de millones de venezolanos civiles residentes en las zonas cercanas.

Angel Mendoza Zabala. / CNP: 19.492

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¿Dónde están los poetas de los pueblos que hablan en prosa?

Asombrado ante una letra terrible de una canción de moda en Venezuela, Angel Mendoza Zabala se adentra en la búsqueda de los representantes nóveles y jóvenes de la poesía latinoamericana. A los seis que respondieron su cuestionario digital, los entrevistó imaginariamente en cuatro ciudades, de las que se llevó muestras de sus versos como souvenir. Conversando, descubrió que sí hay herederos de Rubén Dario y Nicanor Parra que quieren seguir cultivando tan delicada planta.

   Caracas, octubre.

Acudí a la capital para la presentación nacional de mi primera novela (Positivo, Planeta, 2011) y me invitaron a cenar a una terraza alegre en Las Mercedes, la zona gourmet de la ciudad. Un carro de último modelo se estacionó en la acera con una música a todo volumen, una suerte de rap caribeño que decía, entre otras cosas: “”Tu vas a ser mi jeva, y yo no lo quito, porque lo que soy, es bullde malandrito”. Intente pronunciarlo. Bullde.

Tuve la oportunidad de escuchar la canción completa en Carúpano, una ciudad pequeña del oriente venezolano y descubrir –no exento de sorpresa- que un jovencito de quince años, aproximadamente –y a juzgar por su indumentaria escolar-, repetía la letra con exactitud milimétrica. Muy lejos está aquella grabación de parecerse a los poemas que convirtieron muchas veces en canciones, de aquel Cantares de Antonio Machado, o más caribeño, de aquellos Besos de fuego de Carmen Delia Dipiní. Hablando con el jovencito descubrí que no tiene idea de lo que es un poema, ni de cuáles son los poetas nacionales. “Pitbull canta bien fino”, me respondió sin cuidado.

¿Se acabó la poesía? ¿Existe alguien que aspire a ocupar los escaños de Rubén Darío, Ramos Sucre o Sor Juana Inés de La Cruz? ¿Dónde está la poesía en estos tiempos?

Las redes sociales me respondieron: “Sí, sí, sí y mil veces sí”. A través de ellas logré contactar a seis nombres jóvenes del verso latinoamericano. Han nacido todos después de 1979. Ninguno se inspira en los sucesos de Tlatelolco ni el mayo francés, al contrario, viven en esta modernidad que –en el caso venezolano-, parece anacrónica y retrospectiva.

Cuatro venezolanos, un costarricense y una argentina respondieron a mi llamado para hablar de poesía. El sexteto de vates contemporáneos me contó cosas en cuestionarios a través de la red, e imaginamos encuentros, lugares de citas, conversaciones sobre metáforas y construcciones adjetivales. Es el poeta ese que puede crear mucho con poco para imaginar un mundo muy parecido a lo que siente, así que nos fuimos por ese camino y entre Caracas, Puerto Ordaz, Buenos Aires y San José, se tendió el cuadrilátero de la discusión que vino a poner de manifiesto una realidad. Los poetas, aunque sean silenciosos con su vocación, existen. Son.

Y son los representantes de lo que Antonio López Ortega califica como un mal momento para los poetas del país. “Salvo Bid&Co, Equinoccio o Monte Ávila editores, o una que otra empresa marginal, el destino de los poemarios es deambular como manuscritos bajo el brazo”. Lo mejor del caso es que, aunque los autores (en Venezuela) pudiesen estar al tanto de esta realidad, no desesperan ni decaen. Llegarán mejores horas. Tienen los ejemplos de países vecinos.

Versos en clave de penalti

Me encuentro con Francisco Catalano en las tribunas del Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria de Caracas, a las 2 de la tarde. A las seis, habrá juego del Caracas Fútbol Club con el Deportivo Táchira. La “barra brava”, versión local de las hinchadas europeas, ensaya sus cánticos, muchos van con el torso descubierto. A Catalano lo descubro por su ineludible sello: una barba negra y espesa sin bigote, en contraste con su cabeza rapada. Es fornido. Evita hablar de epidemias culturales, incluso, niega que esa sea una condición que afecte al poeta, y cuando me refiero específicamente al espanglish o al reaggetón apunta que los poetas “no debemos tener miedo a bailar reggaetón sino estar abiertos a todo y vivirlo todo. Si el espanglish está presente, debemos escucharlo y digerirlo para ver si nos da indigestión o más bien nos ayuda a resolver un problema sintáctico en otro poema”.  Se lo consulto porque pudiese sonar a enfermedad que los más jóvenes pareciesen (en su mayoría) estar estandarizando el mal uso del idioma, por la facilidad del abuso de las –malas- abreviaturas, los 140 caracteres del Twitter y las redes sociales donde se leen cada vez más onomatopeyas que palabras.

Me mira con amabilidad pero responde sin ánimos de ceder en su planteamiento: si una cosa advierto en él es una terrible seguridad en sí mismo, esa misma que demuestra, cuando bautiza sus libros con ron, “la bebida del autor”.  Cree en sus criterios, advierte que “está en la naturaleza del idioma estar siempre en cambio. Es labor de la academia limpiarlo, fijarlo y darle esplendor; no la nuestra. Lo que los poetas hacemos con el idioma es sacarle hasta la última gota de vida, ésa es nuestra forma de resguardarlo”. Y apunta directamente a creer en un poeta “enfermo de vida” que a uno presuntamente vacunado ante posibles patologías culturales.

Considera que en Venezuela el poeta es respetado como un unicornio, como algo que no existe. Conservamos un aura pero llena de polvo”. Y ahí apunta que es inconcebible que muchos aseguren gustar de la poesía y citar como único poeta patrio a Andrés Eloy Blanco. Se sobresalta con el manejo educativo de la poesía en el país, porque “habría que mostrarle al joven cómo la poesía es algo vivo y está presente hoy en el mundo. Una  herramienta podría ser la música (una canción de Calle 13 serviría). Sin embargo, poco y mal puede enseñar alguien sobre algo que desconoce o detesta. Yo he oído, incluso a nivel universitario, a profesores que me declaran que no les gusta la poesía. ¡En la Escuela de Letras! ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo es posible que no te guste todo un género literario con casi unos 3000 años de producción en la historia occidental?” Comenzó a rodar el balón y me fui a Maiquetía para volar a Ezeiza.

Caminito que el tiempo ha borrado

Volé para encontrarme en Buenos Aires con Griselda García, en un bar de Almagro, uno de los más tradicionales barrios porteños. Griselda es una mujer preciosa y elegante, de sonrisa franca y mirada profunda. Aparenta menos edad de la que tiene. Vive en una sociedad que por muchos años, ha estado más proclive a la literatura que la venezolana, tal vez por sus históricas cercanías culturales con Europa. “De vez en cuando varios amigos se juntan y en lugar de pedir una pizza o jugar a las cartas, crean una editorial. Luego, se auto-publican y hacen eventos, invitan a otros amigos. Es como un club de jubilados jóvenes”, cuenta delante de un café.

Quizá Catalano pudiese hacer algo así con sus amigos, pero ni las grandes editoriales se han salvado de las restricciones del control cambiario en Venezuela. Editar un libro se ha tornado un asunto casi de otro mundo, digno de comunicación extraterrestre o de estudio canónico pro beatificación.

No cree ella que sea “malo” que la poesía no esté de moda. “Es respetada por pocos y eso no está ni bien ni mal”. Sí, es así, es una realidad sin matices, sólo es. Ella cree que el asunto educativo de la poesía debe ir más a propender la creación innovadora, pero no tiene fórmulas para inculcar tal tarea desde el docente.

La Orquídea es el nombre del bar donde me he reunido (imaginariamente, como con todos) con ella. Allí me explica que como el poeta requiere muchísima lectura, podría inculcarse en el alumno ese elemento pero no como una tarea obligada sino como una actividad placentera. Coincide conmigo en la necesidad imperiosa de la transmisión de poemas por todos los medios posibles, porque creo necesario que se atemperar algunos ánimos, y considero además que el inicio para ese resurgir de la poesía, como lo existió en la ágora ateniense e incluso en la cumanesa de inicios de siglo pasado, debe partir de la prensa. Después de hablar sobre Vallejo, música y par de empanadas, nos despedimos.

Poesía Naturalista

Con Camila Ríos me entrevisté en el amanecer del Parque del Este de Caracas, no sin miedo. Me citó a las 6 y media de la mañana y he escuchado tantas noticias de la capital que me aterré en el camino. Pero los murales entre las plantas, la quietud del césped y el resplandor del sol sobre  el agua lisa de la laguna, me devolvieron la calma. Sí, así como un poema de Rimbaud. Burle Marx fue el trovador del paisajismo en ese espacio único en la única Caracas.

Luce tranquila. Define a la poesía como “metáfora siempre inacabada, la brevedad del silencio, la longitud del espacio”. Le cuento de mis conversaciones con Catalano (a quien conoce) y con Griselda. Coincide en el aspecto de la publicación diaria de poemas en los periódicos con algo de sarcasmo realista, o implacable pertinencia: “Serviría, por ejemplo, para que la gente deje de creer que (Ricardo) Arjona es un poeta”. La apoyo.

Buen punto, porque el guatemalteco acaba de visitar Venezuela y agotó las localidades para ver su concierto plagado de frases rebuscadas y lugares comunes, al menos, a mi juicio. Pero para ella, eso no significa un hándicap. Está clara “que el ritmo vertiginoso del mundo es distinto ahora que en el siglo XX” (e incluso antes), y que es necesario que se cambie una realidad que afecta mucho a los cértamenes literarios, pues sentencia que “la cultura está polarizada y politizada”, aunque afirma que así como hay reaggetón y espanglish, hay más creación literaria y artística.

Con ella, toco el tema de los concursos. Ella los asocia al respeto al autor, en su país ocurre así, aunque esta no es una condición que asume como sine qua non. “Se les da demasiada importancia cuando en la verdad, un certamen literario depende de 5 personas –o 3- que leen una montaña de textos que reciben y luego eligen los que más les gustan o les parecen más trabajados. Estas 3 o 5 personas podrían estar equivocadas, no por eso quien deje de ganar es menos escritor”.

Termina de salir el sol sobre Caracas y ya a las siete, se escucha el corneteo evidente sobre la autopista. Nos despedimos cerca de donde estuvo la réplica de la carabela de Colón. Su ipod, que la acompaña a correr, reproduce In sentimental mood de Duke Ellington. El Ávila está verde como ella me lo pronosticó.

Peligro de contusión

Con Leonardo González Alcalá me encuentro en la plaza Bolívar de El Hatillo, un pueblo colonial cuyo centro histórico sobrevive al sureste de la capital venezolana. Me citó aquí orque “todavía hay gente vieja que silba y existe la posibilidad que a uno le caiga un mango en la cabeza”. Una estatua pedestre del Libertador decora la estancia.

En una de las bancas hablamos del peligro de la pérdida del idioma. Pone ejemplos, la crisis de los coreanos por el avance del inglés luego de siglos de lucha contra los idiomas chinos, y se esperanza en que tal cual “como se reconstruyó Varsovia en base a los óleos que Canaletto había hecho de la ciudad, tal vez cuando se reconstruya el idioma, sea necesario recurrir a la poesía”.

González desea que los “suplementos literarios sean realmente literarios”, refiriéndose a la prensa escrita y a la inclusión de la poesía. Cree que la poesía debe alejarse del término moda, al que considera peligroso y que “determina el mercado y una multitud sorprendentemente idiota”. Califica a los certámenes como “azar y un mal necesario”, una suerte de trampolín para la publicación, me deja unos versos sueltos y se va.

Me voy yo

En el Mercado Central de San José de Costa Rica me encuentro a David Cruz. Lo primero que asoma es que cuando escribe un libro lo hace para sí, “luego me sorprende que a otros les interese lo que pienso”. Entre cebollas y tomates, paseando entre los ventorrillos, conversamos sobre los métodos educativos de la enseñanza de las letras, y cree “que debería ser al revés, primero conocer la literatura actual, que es de la misma época de los adolescentes y luego ir hacia atrás”, en franca oposición a la manera establecida, que obliga al joven a estudiar a Homero en primer lugar. “Para una persona de corta edad es aburrido leer libros con los cuales no tienen vínculos de ningún tipo”, señala.

Define a la poesía como “la forma más minimalista y conceptual en que se pueden expresar lo que se piensa”. Sin embargo, no deja de hacerla personal, confesando sentirse cómodo con ese medio de expresión. Cruz intenta –además- acercarse a la narrativa con la novela negra, género que está en boga en América Latina.

Revela no conocer demasiado la política editorial del estado costarricense, pero está seguro que “en los gobiernos nada se hace o se apoya sin pensar el trasfondo”.

Caroní indómito

De todos los vates contactados, sólo una no ha publicado obra. Sin embargo, decidí ubicarla porque la vi en un programa de televisión hablando de Neruda y poco después encontré en su muro de Facebook una selección interesante de imágenes escritas. Mariela López es una suerte de rara avis en el panorama venezolano: es odontólogo, ha narrado noticias y haciendo gala de su belleza, participó como la representante de Canaima en el Miss Venezuela.

¿Es una Miss Poeta o una Poeta Miss? ¿Está el verso invadiendo espacios, o es sólo alguien que aprovechando su minuto de fama, decidió escribir, como ha pasado mucho en el país en los últimos tiempos? No parece precipitada: prefiere seguir cultivándose y leyendo antes de arriesgarse a intentar ser publicada.

No obstante lo que pudiese calificarse como inexperiencia, conversando con López a la orilla del río Caroní, en el parque Cachamay de Puerto Ordaz, salen a relucir instantes, memorias, citas, escenarios. Sin amilanarse ante una posible adversidad, Mariela prefiere pulir mucho más lo que es un evidente talento.

Ambiciona sí, “ser grande”. Cree en llevar a todos los espacios los certámenes literarios para descubrir en todas partes muchos poetas. “A los hospitales, las cárceles, centros de trabajo, educación pública y privada”. Está consciente del difícil trabajo que debe desarrollar, porque sabe que “las grandes editoriales prefieren reeditar a grandes poetas universales que a un joven desconocido”, y sin dejar de reconocer el trabajo de editoriales como la editorial El perro y la rana, una fundación del Estado venezolano, se ha puesto, delicadamente, a buscar algún certamen donde poder enviar sus versos. Para probar, suerte (como dice González Alcalá) o llegar antes del cansancio (como apunta Camila Ríos). O sencillamente para probarse que quiere seguir siendo lo que se descubrió sin comentar con nadie.

Puede ser que vaya por buen camino porque coincide con los otros –premiados y reconocidos- poetas jóvenes. A nadie confiaron la decisión de ser poeta. La vocación es como un parásito que los invadió y sin darse cuenta comenzaron a crear.

Me devuelvo a casa leyendo los fragmentos del trabajo que me han regalado. Asoman frases impresionantes, como  “ven | extiende ante mí las esquinas dobladas tu alma |quiero caminar hasta esa intemperie” de Camila Ríos, o “para sobrecargar despedidas en cuatro letras | y emancipar la humanidad completa | que habita en mis curiosidades” de Mariela López. Reviso los otros mientras el avión se eleva sobre los llanos de la Mesa de Guanipa, en un vuelo que me lleva de Guayana a Carúpano sin pasar por Caracas (poesía irónica, sin duda, la anterior e imposible imagen). Y cuando aprendo a leer desde el centro, como Francisco Catalano, noto de inmediato que la poesía sencillamente seguirá siendo, aún por encima de cualquier restricción, moda o tendencia. Si tiene 3 mil años siendo, y enamorando creadores, ¿por qué ha de dejar de ser ahora?

Aun cuando los pueblos sigan hablando en prosa, habrá alguien, alguno aunque sea, que escriba un verso.

Embajadores de la lírica contemporánea

Francisco Catalano nació en Caracas en 1986. Licenciado en Comunicación Social y tesista de Letras (ambas en la Universidad Católica Andrés Bello), donde investiga la Poesía Vertical de Roberto Juarroz. Ha publicado el Libro 0 y Libro 1 (2010), la primera entrega de su obra poética que consta de un solo Libro, titulado: 1. Sus poemas han sido recogidos en distintos periódicos y revistas, tanto impresos como electrónicos, y en las antologías Voces Nuevas 2005-2006 (CELARG, 2007) y La Imagen, el Verbo (UCAB, 2006). Ha participado en los talleres literarios de Armando Rojas Guardia, CELARG (Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos) y UCAB. Si se le pregunta una canción, escoge Nothing else matters de Metallica.

Camila Ríos Armas nació (y vive) en Caracas en 1989. Cursa Estudios Liberales en la Universidad Metropolitana. Publicó A dos aguas, ganador del premio de Poesía para liceístas 2005, que organizaron la Casa Nacional de las Letras “Andrés Bello” y la Fundación Casa de la poesía “J.A. Pérez Bonalde”. Con Muralla Intermedia ganó la mención honorífica en poesía del II Premio Nacional Universitario de Literatura, convocado por la Comisión Permanente de Directores de Cultura de las universidades venezolanas, publicado por la editorial Equinoccio, y Ecos fue publicado por Bid&Co. Algunos de sus poemas fueron traducidos al árabe, de una antología titulada Joven poesía venezolana. Elige a Caracas como la ciudad entre las ciudades.

Griselda García nació en Buenos Aires en 1979. Publicó, en poesía, Alucinaciones en la alfalfa (2000), El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005) y El ojo del que mira (2009), disponibles en su blog. En agosto de 2010 salió Hallucinations in the Alfalfa & other poems, su primer libro de poemas traducidos al inglés por el escritor canadiense Hugh Hazelton y publicado por Wolsak & Wynn. Se dedica al dictado de talleres literarios de poesía y narrativa. En 2012 planea publicar La madre del universo, su primer libro de relatos breves. Si tuviese que escoger un poema sería Los desgraciados del peruano César Vallejo.

Leonardo González-Alcalá nació en Caracas en 1987. Músico guitarrista  de la Escuela de Artes Integradas Centro UNESCO, y licenciado en Derecho  de la Universidad Católica Andrés Bello.  En 2007, con el poemario El país de los muertos, obtuvo el Premio de la XII Bienal Francisco Lazo Martí, con segunda edición por el Grupo Editorial Eclepsidra (Caracas, 2011). Ha publicado además el poemario Gesto quebrado, bajo el sello de la Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar (2011). Coautor de la antología poética El ojo errante, editado por El Pez Soluble (Caracas, 2009). ¿Una ciudad? Escoge a la andina y venezolana Mérida.

David Cruz nació en San José de Costa Rica en 1982. Poeta, narrador y periodista . Ha publicado dos libros de poesía: Natación nocturna, ganador del Premio Nacional Joven Creación 2004, Editorial Costa Rica (2005). Trasatlántico, Premio mesoamericano Luis Cardoza y Aragón 2011, Editorial Cultura Guatemala. Su obra se encuentra recogida igualmente en antologías y volúmenes colectivos costarricenses e iberoamericanos. La última de ellas Región, antología del cuento político latinoamericano (Interzona, Buenos Aires, 2011) Su poesía ha sido traducida parcialmente al japonés, portugués y al Francés. A la hora de señalar un libro entre muchos, se decanta por El Túnel de Ernesto Sábato.

Mariela López nació en Maracaibo en 1981. Odontólogo egresada de La Universidad del Zulia (2004), participó en el Miss Venezuela ese mismo año. Ha sido además narradora de noticias, diseñadora de accesorios femeninos y perteneció al Orfeón Universitario de su  alma máter. Aunque no ha publicado ningún libro, su obra es respetada en los círculos literarios de su ciudad. A la hora de escoger una ciudad, la poetisa “en incubación” no duda en París, pero de madrugada.

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¡¡¡De Escándalo!!! Hospital Universitario Luis Razetti, Barcelona (Anzoátegui)

En la madrugada de hoy, leí este mensaje en mi cuenta de Facebook. Lo posteó un estudiante de Medicina a quien conozco y puedo dar fe de su seriedad, veracidad y compromiso con su profesión.

¿Después de 14 años de gobierno, donde se ha construido un modelo más humano, de menos pobreza y miseria, es posible que pasen cosas como estas?

Una adolescente de 12 años con un aborto, una de 14 con su tercer embarazo.

¿Donde está la Ministra Eugenia Sader? ¿Hace falta una intervención total del sistema de salud?

Las prioridades son otras: ganar votos para el señor presidente a quien solo le interesa su cargo. Nada más.

Vamos ¡A la Batalla! ¡A pulverizar a la oligarquía! Vamos a derrotar al Imperio y salvar al mundo de su destrucción, mientras la niñez del país está semidestruída.

Que tristeza.

 

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Sueño Caraqueño

“Han cambiado mi Caracas, compañero| poco a poco se me ha ido mi ciudad | la han llenado de bonitos rascacielos | y sus lindos techos rojos ya no están”.

Billo Frómeta. Sueño caraqueño.

Caracas, la capital de mi país, cumple hoy 445 años. En una sucesión coincidencial de fechas, lo hace un día después del  de nacimiento del más universal e ilustre de sus hijos, un hombre que en 1830 quiso bajar al sepulcro y descansar sin imaginar que lo harían sobresaltar tanto después de 170 años bajo tierra. Pero hoy no hablaré de Simón, sino de  su cuna.

La última vez que la visité fue hace casi un año cuando me regaló la satisfacción de ser la sede de debut de mi primer libro. Aquellos días recorrí lugares inéditos para este servidor, cosa en lo absoluto asombrosa, porque si algo tiene Caracas es esa posibilidad de reinventar cada esquina en seis meses. Su tiempo de permanencia en la memoria es largo, pero no tiene prurito en cambiarse de ropa, en que sus edificios se vengan abajo y nazcan otros. Es una ciudad coqueta y le encanta vestirse con prendas nuevas.

A Caracas la veo como una vieja de esas que se operan los senos para agrandárselos, pero no acuden a una consulta con el reumatólogo, de esas que tienen tetas paradas pero no rodillas sanas para levantarse. Caracas es también una niña que no ha crecido, una muchacha quinceañera a la que le queda mucha vida por delante, y una mujer madura que no sale de su asombro ante todas las cosas que le suceden.

Leí una vez que Diego de Losada salió en expedición desde lo que hoy es Yaracuy y llegó al valle insolentemente sensual de los indios Caracas un miércoles santo. Lo llamó el Valle de La Pascua y tres meses después de lucha y batalla fundó una ciudad cercana a una quebrada y a un gran río transparente y frio en cuyos márgenes acampó. De allí en adelante la ciudad creció y se consolidó como centro de importancia hasta llegar a la fastuosa metropoli que es hoy, (quizá me salto eventos ocurridos en la fundación, pero no pretendo hacer un estudio del protocolo español de creación de ciudades).

En el Museo del Transporte (que no sé si aun funciona, o si lo cerraron, o si en el Landó de Gómez moran damnificados) hubo alguna vez una exposición de maquetas que mostraban el desarrollo de Caracas desde su fundación hasta aproximadamente, 1950. No sé del destino de estas aproximaciones modélicas, pero en su estudio deberiamos andar ante el peligro inminente de convertir a la ciudad más grande del país en una bomba de tiempo aún mayor de la que ya es.

Porque las ideas de Francisco Sesto, archiconocido como Farruco y que ostenta el título de “Recuperador” de Caracas, incorporan uranio enriquecido al explosivo a punto de estallar que es la capital, donde pocas son las obras de infraestructura que se han hecho en los últimos años. O pocas no. Dígamos inútiles e inservibles. Como el ¿cohete? norcoreano de la Plaza El Venezolano (cuando lo vi sentí que estaba lleno de panfletos rojos y colorante vegetal y que habrá de estallar algún día sobre el cielo pintando hasta el Ávila de rojo indeleble), como los edificios ruinosos desde su inauguración de la avenida Libertador a la altura de Colegio de Ingenieros, o como las modificaciones que han sufrido las instituciones culturales por pura razón de gusto.

Caracas es una ciudad con una personalidad increíble: tiene un circuito cultural inenarrable en menos de un kilómetro, que de paso, está conectado con áreas residenciales y comerciales; un centro histórico envidiable; cerro y plano; autopistas que son sus arterias más importantes; aunque la arterioesclerosis las tapone siete, quince, veinticuatro veces al día; túneles que se están cayendo; barrios construidos sobre esos túneles; una ciudad universitaria donde las protestas se realizan incendiando los edificios junto a obras patrimonio de la humanidad. Tiene gente valiosa y otra no tanto. Cuando leo El Nacional, El UniversalCorreo del Orinoco, y Ciudad Ccs, noto que puede parecerse a Macondo, pero al doble. Es la capital universal del surrealismo mágico.

Lo que definitivamente nunca ha tenido la ciudad es alguien que sueñe con ella en futuro: siempre lo hacen en pretérito. Viven imaginando lo que fue, se hizo y no se hizo en Caracas hace 40, 50 y 60 años sin darse cuenta que pierden el tiempo porque no podemos regresar en él (al menos no nosotros, quizá los norteamericanos si se descubren las veracidades de algunas teorías conspirativas). Hablan de la Caracas que no es, sin dedicarse a hacer la que será mañana. Y lo peor es que recuerdan las historias más negras de la ciudad.

Por eso, construyen mamotretos innecesarios dañando una de las estructuras más bonitas de la ciudad (El Foro Libertador, con el Panteón, la Biblioteca Nacional y la Torre de la Prensa lo que necesitaba era vida, arreglo y cuido). Como viven con los ojos cerrados y mirando hacia atrás, no se dan cuenta que Caracas necesita descongestión, necesita ser menos de lo que ahora es en términos numéricos. No se han dado cuenta aún, en la más pura adolescencia de su sentido común, que Caracas necesita más árboles que edificios. Y mientras, sigue la orgia sobre ella, forzándola y ultrajándola, obligándola a ser lo que Caracas no quiere ser. La destruyen, la dañan, la mancillan. Y se orinan sobre ella.

Necesita Caracas luz y seguridad: necesita que la gente vaya a comer en un restaurante en la esquina de Las Gradillas y compre el periódico del día siguiente frente al Concejo Municipal. Añora que vuelvan las Medias Lisas de Donzella. Imagina que un día, luego de ser desalojado, se dinamita un cerro y se reforesta. Se ve manchada de verde por todas partes. Quiere que la laven y la limpien. Está cansada del acné infausto.

A los caraqueños les pido, que como cantaba Francisco Pacheco, desnuden su pecho y canten el amor por su ciudad. No entonando cánticos en una plaza construida hace 70 años y “restaurada” cómodamente. Sino teniendo gestos para con Caracas. Hace falta. Caracas lo que más necesita es que alguien crea en ella y que esa epidemia de “creer en ella” se extienda a sus habitantes, a todos.

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